El Pan del peregrino

El alimento para vida eterna…


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Una reconciliación única

Reconciliar, según la Real Academia española de la lengua es: “Volver a las amistades, o atraer y acordar los ánimos desunidos”. Sabemos que cuando dos o más personas se distancian, normalmente es por causa de ambas o varias partes que se han ofendido o agredido mutuamente. Nunca la culpa es de una sola persona. Además para lograr la reconciliación, todas las partes tienen que estar de acuerdo y contribuir activamente porque de otra forma no es posible.

Dios, en cambio, hizo una reconciliación única, diferente a lo humanamente conocido porque:  sólo una parte está enemistada (nosotros somos enemigos de Dios, nos rebelamos a Su autoridad) y Cristo vino a reconciliarnos con Él , sin hacer nada nosotros. Él lo hizo todo, Él lo completó todo para reconciliarnos con el Padre. Por doble motivo entonces es una reconciliación única.

“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación.” (2º Corintios 5:17-19)

“Por cuanto agradó al Padre que en Él habitase toda plenitud, y por medio de Él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de Él”. (Colosenses 1:19-22)

De ninguna manera hemos de pensar: ¡ah, bueno!, como Cristo reconcilió “todas las cosas” y lo “hizo todo”, Dios perdonará a toda la humanidad y no existirá la condenación para nadie. Esto es una gran mentira. Cristo vino a imputarnos su Justicia, porque nadie puede por sí mismo salvarse (“Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios. Romanos 3:23) pero a los que no reciben ese sacrificio vicario o sustitutivo, no les otorga la reconciliación. Los que no reciben el sacrificio de la Cruz, siguen siendo enemigos de Dios y la ira de Dios está sobre ellos.

Espero que en este día el Espíritu te convenza de tu pecado (porque todos hemos ofendido a Dios), te muestre Su Justicia (Dios hizo justicia en la muerte de su propio Hijo) y así puedas, recibiendo Su señorío en tu vida (no ser más tú, el dueño de tu vida, sino Cristo) evitar el juicio de condenación que tendrán todos aquellos que no reciban ese sacrificio de la Cruz. ” Y así como está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio, así también Cristo, habiendo sido ofrecido una vez para llevar los pecados de muchos, aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvación de los que ansiosamente le esperan.” Hebreos 9:27-28

Gloria

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¿Cómo es el Rey que vino?

¿Cómo es el Rey que vino?Se acerca la Navidad, y aunque en esta fecha ya nadie recuerda que se celebra el nacimiento del Señor Jesucristo, para mí no pasa inadvertido qué significó su llegada a este mundo.

¿Cómo es este Rey que vino? Diametralmente opuesto a los reyes que conocemos. El diálogo más significativo que tuvo Poncio Pilato (sin saberlo) con Jesús, nos muestra con qué finalidad vino a este mundo, y la diferencia que existe entre Su reino y cualquier otro de este mundo.

 Entonces Pilato volvió a entrar en el pretorio, y llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos?

Jesús le respondió: ¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?

Pilato le respondió: ¿Soy yo acaso judío? Tu nación, y los principales sacerdotes, te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?

Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí.

Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey?

Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz.

 Le dijo Pilato: ¿Qué es la verdad? (Juan 18:33-38)

Una de las cosas más sorprendentes que extraemos de los versículos anteriores, es que los reyes de este mundo, mandan a sus súbditos a pelear por ellos y a morir por su reino. En cambio Jesús, el Rey , vino a morir por sus siervos. “Así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.” (Mateo 20:28)

¿Qué clase de Rey viene a servir y a morir por los Suyos? “Mas Él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre Él, y por sus heridas hemos sido sanados.” (Isaías 53:5)

En esta tierra imperan la mentira y el engaño, en cambio Jesús vino para dar testimonio de la Verdad, y por eso sólo sus siervos, que practican la verdad, pueden oir Su Palabra.

¿Qué otra diferecia abismal tiene este Rey?

Que su reino no consiste en bienes materiales, tierras, intereses o poder terrenal, sino cosas que jamás se pueden obtener aquí. “Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo.” (Romanos 14:17) Jesús es la justicia de Dios, y murió para que tuviéramos paz con Dios y gozo y paz verdaderos en nuestras vidas.

¿A qué reino perteneces tu?, ¿has recibido  la obra de Cristo en la Cruz a tu favor?, no confundas la imagen del “Jesusito” bebé en el pesebre, porque está claro que los gobernantes de la época sabían bien quién era y por eso intentaron matarle.

Hay dos reinos claramente opuestos. ¿A cuál perteneces tu?

Gloria

 


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La Cruz es la prueba consumada del amor Divino (Por John F. Macarthur)

Miremos ahora el texto del cual sacamos el título de este artículo: “Dios es amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él.”(1 Jn 4: 8-9).

No estaríamos haciendo justicia a este versículo si limitáramos nuestra discusión del amor divino a términos abstractos. El amor de Dios no es simplemente un fenómeno subjetivo. Es dinámico, activo, vibrante y poderoso. Dios ha “manifestado” Su amor, o lo ha mostrado en un acto particular que puede examinarse objetivamente.

En otras palabras, las Escrituras no solo dicen “Dios es amor” y dejan que el individuo interprete subjetivamente lo que eso significa. Hay un contexto doctrinal muy importante en el que se explica e ilustra el amor de Dios. Afirmar que Dios es amor al mismo tiempo que niega la doctrina subyacente y define esa verdad, es hacer que la verdad misma carezca de significado.

Pero eso es precisamente lo que muchos han hecho. Por ejemplo, nuestros adversarios, los liberales teológicos, están muy interesados ​​en afirmar que Dios es amor; sin embargo, a menudo niegan rotundamente el significado de la expiación sustitutiva de Cristo. Sugieren que, debido a que Dios es amor, Cristo no necesitaba morir como un sacrificio sustitutivo para rechazar la ira divina de los pecadores. Representan a Dios como fácil de apaciguar, y caracterizan la muerte de Cristo como un acto de martirio o un ejemplo moral para los creyentes, negando que era la propia ira de Dios la que necesitaba ser propiciada mediante un sacrificio de sangre, y negando que Él deliberadamente dio Su Hijo para hacer tal expiación. Por lo tanto, rechazan la manifestación consumada del amor de Dios, incluso cuando intentan hacer del amor divino la pieza central de su sistema.

Normalmente me encuentro con personas que piensan que porque Dios es amor, la teología realmente no importa. Recientemente, un joven me escribió una carta que decía en parte: “¿De verdad crees que a Dios le preocupan todos los puntos de doctrina que nos dividen a nosotros?, ¡cuánto mejor sería si olvidamos nuestras diferencias doctrinales y le mostramos al mundo el ¡amor de Dios!”

Pero esa posición es insostenible, porque muchos que se llaman a sí mismos cristianos son engañadores. Por esa razón, el apóstol Juan comenzó el capítulo del cual se toma nuestro texto con estas palabras: “Amado, no creas a todo espíritu, sino prueba a los espíritus para ver si son de Dios, porque muchos falsos profetas han salido al mundo. “(1 Jn. 4: 1).

Y dado que un cuerpo importante de doctrina subyace a lo que las Escrituras enseñan acerca del amor divino, es una falacia pensar que el amor divino y la teología sonora se oponen entre sí.

Martyn Lloyd-Jones escribió sobre esto mismo:

La gran tendencia en este siglo presente ha sido presentar como antítesis la idea de Dios como un Dios de amor, por un lado, y teología o dogma o doctrina por el otro. Ahora, la persona promedio generalmente ha asumido una posición como la siguiente: “Sabes, no estoy interesado en tu doctrina. Seguramente el gran error que la iglesia ha cometido a lo largo de los siglos es toda esta charla sobre el dogma, toda esta doctrina del pecado, y la doctrina de la Expiación, y esta idea de justificación y santificación. Por supuesto, hay algunas personas que pueden estar interesadas en ese tipo de cosas, pueden disfrutar leyendo y discutiendo al respecto, pero en cuanto a mí,” dice este hombre, “No parece haber verdad en ello, todo lo que digo es que Dios es amor”. Así que plantea esta idea de Dios como amor por encima y en contra de todas estas doctrinas que la iglesia ha enseñado a lo largo de los siglos.[10]

De hecho, tal pensamiento ha sido el estado de ánimo predominante tanto en el pensamiento popular como en gran parte de la religión organizada durante la mayor parte de este siglo. Esa mentalidad en muchos aspectos se ha convertido en el sello distintivo de la iglesia visible en el siglo XX.

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La verdadera libertad

“A pregonar libertad a los cautivos” (Lucas 4:18)

Ninguno, excepto Jesús, puede liberar a los cautivos. La verdadera libertad viene solo de Él. Es ésta una libertad justamente otorgada, pues el Hijo, heredero de todas las cosas, tiene derecho a libertar a los hombres. Los santos veneran la justicia de Dios, que ahora les asegura la salvación. Esta libertad fue comprada a un precio elevado. Cristo habló de ella con su poder, pero la compró con su sangre.

Él te hace libre, pero a costa de su prisión; te liberta porque Él llevó tu carga; te pone en libertad porque Él sufrió en tu lugar. Pero, aunque esa libertad la compró a un precio elevado, te la da, sin embargo, gratuitamente. Jesús no pide nada de nosotros como preparación para recibir la libertad. Nos ve sentados en cilicio y ceniza y pide que nos pongamos los bellos atavíos de la libertad. Él nos salva tal como somos, y lo hace todo sin nuestra ayuda y sin nuestros méritos. Cuando Jesús nos pone en libertad, esa libertad está perpetuamente asegurada, ninguna cadena nos atará otra vez. Es suficiente que el Maestro diga: «Cautivo, yo te he libertado», para que yo quede libre para siempre. Satán procurará esclavizarnos, pero si el Señor está a nuestro lado, ¿a quién temeremos? El mundo con sus tentaciones buscará engañarnos, pero el que está por nosotros es más poderoso que los que están contra nosotros. Las maquinaciones de nuestro engañoso corazón nos acosarán, pero el que empezó en nosotros la buena obra, la proseguirá y perfeccionará hasta el fin.

Los enemigos de Dios y los enemigos del hombre pueden reunir sus huestes y venir en contra de nosotros con renovada furia, pero si Dios nos liberta, ¿quién nos puede condenar? El águila que asciende hasta su nido y se remonta hasta las nubes, no es más libre que el alma libertada por Cristo. Si no estamos bajo la ley, libres de su maldición, exhibamos en forma práctica nuestra libertad, sirviendo a Dios con gratitud.

C.H. Spurgeon

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