El Pan del peregrino

El alimento para vida eterna…


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¿Cómo es el Rey que vino?

¿Cómo es el Rey que vino?Se acerca la Navidad, y aunque en esta fecha ya nadie recuerda que se celebra el nacimiento del Señor Jesucristo, para mí no pasa inadvertido qué significó su llegada a este mundo.

¿Cómo es este Rey que vino? Diametralmente opuesto a los reyes que conocemos. El diálogo más significativo que tuvo Poncio Pilato (sin saberlo) con Jesús, nos muestra con qué finalidad vino a este mundo, y la diferencia que existe entre Su reino y cualquier otro de este mundo.

 Entonces Pilato volvió a entrar en el pretorio, y llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos?

Jesús le respondió: ¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?

Pilato le respondió: ¿Soy yo acaso judío? Tu nación, y los principales sacerdotes, te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?

Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí.

Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey?

Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz.

 Le dijo Pilato: ¿Qué es la verdad? (Juan 18:33-38)

Una de las cosas más sorprendentes que extraemos de los versículos anteriores, es que los reyes de este mundo, mandan a sus súbditos a pelear por ellos y a morir por su reino. En cambio Jesús, el Rey , vino a morir por sus siervos. “Así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.” (Mateo 20:28)

¿Qué clase de Rey viene a servir y a morir por los Suyos? “Mas Él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre Él, y por sus heridas hemos sido sanados.” (Isaías 53:5)

En esta tierra imperan la mentira y el engaño, en cambio Jesús vino para dar testimonio de la Verdad, y por eso sólo sus siervos, que practican la verdad, pueden oir Su Palabra.

¿Qué otra diferecia abismal tiene este Rey?

Que su reino no consiste en bienes materiales, tierras, intereses o poder terrenal, sino cosas que jamás se pueden obtener aquí. “Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo.” (Romanos 14:17) Jesús es la justicia de Dios, y murió para que tuviéramos paz con Dios y gozo y paz verdaderos en nuestras vidas.

¿A qué reino perteneces tu?, ¿has recibido  la obra de Cristo en la Cruz a tu favor?, no confundas la imagen del “Jesusito” bebé en el pesebre, porque está claro que los gobernantes de la época sabían bien quién era y por eso intentaron matarle.

Hay dos reinos claramente opuestos. ¿A cuál perteneces tu?

Gloria

 

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La Cruz es la prueba consumada del amor Divino (Por John F. Macarthur)

Miremos ahora el texto del cual sacamos el título de este artículo: “Dios es amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él.”(1 Jn 4: 8-9).

No estaríamos haciendo justicia a este versículo si limitáramos nuestra discusión del amor divino a términos abstractos. El amor de Dios no es simplemente un fenómeno subjetivo. Es dinámico, activo, vibrante y poderoso. Dios ha “manifestado” Su amor, o lo ha mostrado en un acto particular que puede examinarse objetivamente.

En otras palabras, las Escrituras no solo dicen “Dios es amor” y dejan que el individuo interprete subjetivamente lo que eso significa. Hay un contexto doctrinal muy importante en el que se explica e ilustra el amor de Dios. Afirmar que Dios es amor al mismo tiempo que niega la doctrina subyacente y define esa verdad, es hacer que la verdad misma carezca de significado.

Pero eso es precisamente lo que muchos han hecho. Por ejemplo, nuestros adversarios, los liberales teológicos, están muy interesados ​​en afirmar que Dios es amor; sin embargo, a menudo niegan rotundamente el significado de la expiación sustitutiva de Cristo. Sugieren que, debido a que Dios es amor, Cristo no necesitaba morir como un sacrificio sustitutivo para rechazar la ira divina de los pecadores. Representan a Dios como fácil de apaciguar, y caracterizan la muerte de Cristo como un acto de martirio o un ejemplo moral para los creyentes, negando que era la propia ira de Dios la que necesitaba ser propiciada mediante un sacrificio de sangre, y negando que Él deliberadamente dio Su Hijo para hacer tal expiación. Por lo tanto, rechazan la manifestación consumada del amor de Dios, incluso cuando intentan hacer del amor divino la pieza central de su sistema.

Normalmente me encuentro con personas que piensan que porque Dios es amor, la teología realmente no importa. Recientemente, un joven me escribió una carta que decía en parte: “¿De verdad crees que a Dios le preocupan todos los puntos de doctrina que nos dividen a nosotros?, ¡cuánto mejor sería si olvidamos nuestras diferencias doctrinales y le mostramos al mundo el ¡amor de Dios!”

Pero esa posición es insostenible, porque muchos que se llaman a sí mismos cristianos son engañadores. Por esa razón, el apóstol Juan comenzó el capítulo del cual se toma nuestro texto con estas palabras: “Amado, no creas a todo espíritu, sino prueba a los espíritus para ver si son de Dios, porque muchos falsos profetas han salido al mundo. “(1 Jn. 4: 1).

Y dado que un cuerpo importante de doctrina subyace a lo que las Escrituras enseñan acerca del amor divino, es una falacia pensar que el amor divino y la teología sonora se oponen entre sí.

Martyn Lloyd-Jones escribió sobre esto mismo:

La gran tendencia en este siglo presente ha sido presentar como antítesis la idea de Dios como un Dios de amor, por un lado, y teología o dogma o doctrina por el otro. Ahora, la persona promedio generalmente ha asumido una posición como la siguiente: “Sabes, no estoy interesado en tu doctrina. Seguramente el gran error que la iglesia ha cometido a lo largo de los siglos es toda esta charla sobre el dogma, toda esta doctrina del pecado, y la doctrina de la Expiación, y esta idea de justificación y santificación. Por supuesto, hay algunas personas que pueden estar interesadas en ese tipo de cosas, pueden disfrutar leyendo y discutiendo al respecto, pero en cuanto a mí,” dice este hombre, “No parece haber verdad en ello, todo lo que digo es que Dios es amor”. Así que plantea esta idea de Dios como amor por encima y en contra de todas estas doctrinas que la iglesia ha enseñado a lo largo de los siglos.[10]

De hecho, tal pensamiento ha sido el estado de ánimo predominante tanto en el pensamiento popular como en gran parte de la religión organizada durante la mayor parte de este siglo. Esa mentalidad en muchos aspectos se ha convertido en el sello distintivo de la iglesia visible en el siglo XX.

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La verdadera libertad

“A pregonar libertad a los cautivos” (Lucas 4:18)

Ninguno, excepto Jesús, puede liberar a los cautivos. La verdadera libertad viene solo de Él. Es ésta una libertad justamente otorgada, pues el Hijo, heredero de todas las cosas, tiene derecho a libertar a los hombres. Los santos veneran la justicia de Dios, que ahora les asegura la salvación. Esta libertad fue comprada a un precio elevado. Cristo habló de ella con su poder, pero la compró con su sangre.

Él te hace libre, pero a costa de su prisión; te liberta porque Él llevó tu carga; te pone en libertad porque Él sufrió en tu lugar. Pero, aunque esa libertad la compró a un precio elevado, te la da, sin embargo, gratuitamente. Jesús no pide nada de nosotros como preparación para recibir la libertad. Nos ve sentados en cilicio y ceniza y pide que nos pongamos los bellos atavíos de la libertad. Él nos salva tal como somos, y lo hace todo sin nuestra ayuda y sin nuestros méritos. Cuando Jesús nos pone en libertad, esa libertad está perpetuamente asegurada, ninguna cadena nos atará otra vez. Es suficiente que el Maestro diga: «Cautivo, yo te he libertado», para que yo quede libre para siempre. Satán procurará esclavizarnos, pero si el Señor está a nuestro lado, ¿a quién temeremos? El mundo con sus tentaciones buscará engañarnos, pero el que está por nosotros es más poderoso que los que están contra nosotros. Las maquinaciones de nuestro engañoso corazón nos acosarán, pero el que empezó en nosotros la buena obra, la proseguirá y perfeccionará hasta el fin.

Los enemigos de Dios y los enemigos del hombre pueden reunir sus huestes y venir en contra de nosotros con renovada furia, pero si Dios nos liberta, ¿quién nos puede condenar? El águila que asciende hasta su nido y se remonta hasta las nubes, no es más libre que el alma libertada por Cristo. Si no estamos bajo la ley, libres de su maldición, exhibamos en forma práctica nuestra libertad, sirviendo a Dios con gratitud.

C.H. Spurgeon


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Comprada a precio de sangre

comprada a precio de sangreMi reflexión empezó cuando vi un cartel en la clínica: “Cirugía sin sangre”. ¡Qué bien!, pensé, si se logra operar a una persona sin perder el precioso fluido, se recuperará más rápido.

Con la sangre la gente tiene sentimientos ambiguos, sabemos que en ella está la vida, que lleva el oxígeno y los nutrientes a cada rincón de nuestro cuerpo, y sin ella no viviríamos. Donamos sangre para ayudar a los enfermos y las transfusiones de sangre han salvado muchas vidas. Pero también hay bastante connotación negativa. Catalogamos a una película violenta de “sangrienta” o a un asesino de “sanguinario”, usamos expresiones para discusiones acaloradas como “corrieron ríos de sangre” y la aprehensión a la misma es bien conocida, ¿a qué niño no le asusta ver sangre?

Un elemento fundamental en la historia, fue el derramamiento de sangre como parte de los sacrificios de animales mandados por Dios al pueblo de Israel. Esos animales escogidos, al morir purgaban el pecado del pueblo, eso significa expiación. “Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona.” (Levítico 17:11)  Porque también estaba establecido en la Ley: “Y según la ley, casi todo es purificado con sangre, y sin derramamiento de sangre no hay perdón.” (Hebreos 9:22)

Esas ofrendas eran una sombra o un símbolo, del verdadero sacrificio, el de Cristo en la Cruz, el Cordero de Dios. “La sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado” (Juan 1:7 b) Todos nosotros estamos bajo pecado y ninguno puede justificarse delante de Dios con sus buenas obras o su buen comportamiento. La justificación del pecado requiere derramamiento de sangre inocente, y ya fue hecho el único y suficiente sacrificio vicario o sustitutorio, el de Cristo. Lo primero es recibir ese sacrificio y hacerlo mío. Reconocer que yo merecía esa muerte y Él me sustituyó a mi.

¿Qué entendimiento me trae el saber que he sido comprada a precio de la preciosa sangre de Cristo? La palabra compra ya me da idea de pertenencia, y si de pertenencia, de obediencia, de sumisión, de rendición, de vivir para servir y agradar a mi Dueño y Señor. “Pues por precio habéis sido comprados; por tanto, glorificad a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.” (1º Corintios 6:20)

“Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación; sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.” (1º Pedro 1:17-19)

La sangre, que a alguno pudiera parecer desagradable, si pienso en la de mi Salvador Jesús, quien derramó la suya para que no yo tuviera que dar la mía, (porque sin derramamiento de sangre, no hay perdón de pecados), me parece preciosa, eficaz e irreemplazable, porque nadie más podía hacerlo.

Gloria