El Pan del peregrino

El alimento para vida eterna…


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Disfrutar de Dios

Estamos enseñando el catecismo de Westminster a nuestros hijos. Una de las primeras preguntas es: ¿para qué te creó Dios? y la respuesta es: “para darle la gloria a Él y gozar para siempre de Su presencia”. La primera parte de la respuesta siempre quedó resonando en mis oídos. “Entonces, ya sea que comáis, que bebáis, o que hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.” (1ºCorintios 10:31) Pero hace poco empecé a meditar en la segunda parte, el gozar de Su presencia para siempre. Me pareció algo tan elevado y tan deleitoso que experimenté un grato escalofrío. La idea de ser consciente de la presencia de Dios para tener una vida santa, ya me era conocida. Algo así como saber que Dios está mirando continuamente mis actos y sabiendo Omnisciente lo profundo de mis pensamientos. Pero ser consciente y sensible a Su presencia para disfrutar de comunión continua con Él, me sorprendió.

Esta comunión era la que tenía David con Dios. Esta relación íntima basada en el conocimiento pleno del pecado y la incapacidad de David y la suficiencia y perfección de Dios, producía en David el temor reverente al pedir: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de tu presencia, y no quites de mí tu santo Espíritu. Restitúyeme el gozo de tu salvación, y sostenme con un espíritu de poderEntonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti”. (Salmos 51:10-12) No en vano se le llamó: “el dulce cantor de Israel” al escribir Salmos deleitándose en su Señor, alabando y diseñando instrumentos y coros para la alabanza comunitaria en el templo. Vemos, como dice el versículo, que David no quería corazón y espíritu renovados para sí mismo, sino para predicar el Nombre de su Dios.

La necesidad (que a veces se traduce por pasión, hambre o asombro) por conocer al Señor no viene de nosotros, sino que es una obra de Dios en nuestras vidas. Y el resultado natural o fruto que Él mismo va a darnos, es reflejar Su imagen y honrar Su nombre. En la oración modelo, el “Padre nuestro”, la primera petición, luego de reconocer la paternidad y la soberanía de Dios, es: “santificado sea Tu nombre”. Significa poner en alto Su nombre, Su carácter y autoridad. Es lo que anhela nuestro ser cuando reconocemos que hemos sido salvados de la muerte por Cristo. La adoración y agradecimiento que surge de un corazón que se sabe pecador y que ha sido perdonado, seguidamente se traduce por proclamación a los demás de esta posibilidad maravillosa de salvación por medio de Jesucristo. “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. (Hechos 4:12)

Cuando recibimos el perdón por la sangre vicaria de Cristo en la cruz, Dios nos concede Su Espíritu, y así podemos empezar a gozar de una unión que será eterna. Ser consciente de esto es demasiado grande para una mente tan limitada como la nuestra…Pero aunque no lo acabemos de entender del todo, podemos al igual que David, disfrutar de la comunión diaria e íntima con Él mediante la Palabra de Dios y la oración y sólo así podremos alabarle como dice David: Alabaré al Señor mientras yo viva; cantaré alabanzas a mi Dios mientras yo exista”. (Salmos 146:2)

Gloria

 

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Cuando Jesús te encuentra…

Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. (Juan 9:1)

Este hombre había nacido ciego y por lástima alguien le llevaba cada día a mendigar. No vio, y por supuesto no buscó a Jesús, sino que Él se acercó al ciego. Manifestó a sus discípulos que lo que pasaba a este hombre y lo que seguidamente iba a hacer, era para darle la gloria a Dios.

“Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar. Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo.” (Juan 9:2-5)

Seguidamente le sanó de un modo particular: escupió en tierra, hizo lodo y se lo untó al ciego en los ojos. Luego mandó que se lavara en un estanque y volvió viendo. Para el asombro de todos los que le habían visto mendigando y sus vecinos que le conocían: él veía. Algunos ni si quiera lo reconocían, estando seguros de que era ciego y no podían creer que andaba y veía. Entonces le preguntaban cómo había sido.

“Respondió él y dijo: Aquel hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos, y me dijo: Ve al Siloé, y lávate; y fui, y me lavé, y recibí la vista.” (Juan 9:11)

Hasta ahora todo es perfecto, pero cuando actúa Dios, siempre hay oposición. Como esta curación se hizo en el día de Reposo judío, los Fariseos y demás autoridades religiosas entrevistaron  al ex ciego. Y éste dio su testimonio que había sido ciego de nacimiento y que Jesús lo había sanado. Entonces los Fariseos pensaron que este hombre mentía, y que se “había hecho el ciego” para pedir limosna… Decidieron entonces entrevistar a sus padres. Sigue leyendo


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¿Por qué murió Jesús?

He oído muchas veces comentarios desafortunados con respecto a la muerte de Cristo, que si fueron los judíos o los romanos, etc. Leyendo esta mañana este devocional de Spurgeon, me sorprendió este párrafo breve basado en un versículo del profeta Daniel. Es una alabanza al Nombre del Señor.

“… Se quitará la vida al Mesías, y no por sí ”  Daniel 9:26

¡Bendito sea su nombre!, no hay causa de muerte en Él. Ni pecado original ni pecado presente lo ha manchado, y, por lo tanto, la muerte no tiene ningún derecho sobre Él. Ningún hombre podría haberle quitado la vida con justicia, pues Él no injurió a ningún hombre; y ningún hombre podía haberlo matado por la fuerza, si Él no hubiese deseado entregarse para morir. Pero, he aquí, uno peca y otro sufre. La justicia fue ultrajada por nosotros, pero halló en Él su satisfacción. Ni ríos de lágrimas, ni montañas de sacrificios, ni mares de sangre de bueyes, ni cerros de incienso hubiesen servido para la remisión de los pecados; pero Jesús fue muerto por nosotros, y la causa de la ira desapareció enseguida, porque el pecado había sido quitado para siempre.

Aquí hay sabiduría, por la cual, la substitución divisaba el seguro y rápido camino de expiación. Aquí hay condescendencia, que envía al Mesías, el Príncipe, para que se ciña una corona de espinas y muera en cruz. Aquí hay amor, que lleva al Redentor a dar su vida por sus enemigos.

Sin embargo, no basta admirar el espectáculo del inocente que sangra por el culpable; tenemos que estar seguros de que también nosotros fuimos salvados por Él. El propósito particular de la muerte del Cristo era la salvación de su Iglesia. ¿Tenemos nosotros parte y suerte entre aquellos por quienes Él dio su vida en rescate? ¿Fuimos curados por sus llagas? Será terrible si nos privamos de una porción de su sacrificio; en ese caso, sería mejor no haber nacido. Aunque la pregunta es solemne, nos alienta saber que puede ser contestada claramente y sin error.

Para todos los que creen en Él, Jesús es el presente Salvador, y, sobre los tales, toda la sangre de la reconciliación fue esparcida. Que todos los que confían en los méritos de la muerte del Mesías se sientan gozosos, al recordarlo, y hagan que una santa gratitud los guíe a consagrarse por entero a su causa.

C.H. Spurgeon

“Lecturas Vespertinas”


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El corazón pide mesa para uno

“El corazón conoce su propia amargura, y un extraño no comparte su alegría.” (Proverbios 14:10) El hombre es un ser social, está rodeado de el hermoso diseño de Dios que es el matrimonio y la familia. Aumenta el círculo de relaciones a amigos, compañeros de trabajo, vecinos y conocidos. Pero al fin y a la postre está solo con su alma.  Dios le creó un ser único y lo formó para tener relación personal con Él.

A menudo el hombre finge una relación con Dios a traves de ritos y otras manifestaciones externas. “Rasgad vuestros corazones y no vuestros vestidos” (Joel 2:13) La rotura de vestidos y otros signos exteriores de emoción religiosa son cosas fáciles de hacer y resultan hipócritas. Pero el arrepentimiento sincero es menos común. Los hombres atenderán con buena disposición a las manifestaciones ceremoniales, pues son cosas que agradan a la carne, pero la religión verdadera les resultará demasiado humillante, demasiado escrutadora del corazón y simple en demasía. Prefieren algo más pomposo, frívolo, y mundano. Las observancias exteriores traen un consuelo temporal. En ellas se engorda la vanidad, se hincha la justicia propia y se satisfacen la vista y el oído pero, al fin, esas obras resultan engañosas, ya que en la muerte y en el juicio el alma necesitará confiar en algo que sea más real que las ceremonias y los ritos. En estas instancias tan importantes no contarán maridos, familares ni amigos.

 El quebrantamiento del corazón es una obra que realiza Dios y que el hombre siente profundamente. Es un dolor misterioso que se experimenta personalmente, no como una mera formalidad, sino como una profunda y conmovedora obra que el Espíritu Santo realiza en lo íntimo del corazón de cada persona. Este no es un asunto del que meramente debe hablarse y en el que sólo hay que creer, sino es algo que debe ser vivamente sentido por cada uno.

El texto ordena rasgar nuestros corazones, pero éstos, por naturaleza, son duros como el mármol. ¿Cómo, pues podrán ser rasgados? Llevémoslos al Calvario. Con la voz del agonizante Salvador las rocas se partieron. Esa voz aún tiene poder.

Solos ante la Cruz de Cristo. Nada más hace falta y nada menos obtendremos si arrepentidos vamos a Él: la salvación y la vida eterna.

Gloria