El Pan del peregrino

El alimento para vida eterna…


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El corazón pide mesa para uno

“El corazón conoce su propia amargura, y un extraño no comparte su alegría.” (Proverbios 14:10) El hombre es un ser social, está rodeado de el hermoso diseño de Dios que es el matrimonio y la familia. Aumenta el círculo de relaciones a amigos, compañeros de trabajo, vecinos y conocidos. Pero al fin y a la postre está solo con su alma.  Dios le creó un ser único y lo formó para tener relación personal con Él.

A menudo el hombre finge una relación con Dios a traves de ritos y otras manifestaciones externas. “Rasgad vuestros corazones y no vuestros vestidos” (Joel 2:13) La rotura de vestidos y otros signos exteriores de emoción religiosa son cosas fáciles de hacer y resultan hipócritas. Pero el arrepentimiento sincero es menos común. Los hombres atenderán con buena disposición a las manifestaciones ceremoniales, pues son cosas que agradan a la carne, pero la religión verdadera les resultará demasiado humillante, demasiado escrutadora del corazón y simple en demasía. Prefieren algo más pomposo, frívolo, y mundano. Las observancias exteriores traen un consuelo temporal. En ellas se engorda la vanidad, se hincha la justicia propia y se satisfacen la vista y el oído pero, al fin, esas obras resultan engañosas, ya que en la muerte y en el juicio el alma necesitará confiar en algo que sea más real que las ceremonias y los ritos. En estas instancias tan importantes no contarán maridos, familares ni amigos.

 El quebrantamiento del corazón es una obra que realiza Dios y que el hombre siente profundamente. Es un dolor misterioso que se experimenta personalmente, no como una mera formalidad, sino como una profunda y conmovedora obra que el Espíritu Santo realiza en lo íntimo del corazón de cada persona. Este no es un asunto del que meramente debe hablarse y en el que sólo hay que creer, sino es algo que debe ser vivamente sentido por cada uno.

El texto ordena rasgar nuestros corazones, pero éstos, por naturaleza, son duros como el mármol. ¿Cómo, pues podrán ser rasgados? Llevémoslos al Calvario. Con la voz del agonizante Salvador las rocas se partieron. Esa voz aún tiene poder.

Solos ante la Cruz de Cristo. Nada más hace falta y nada menos obtendremos si arrepentidos vamos a Él: la salvación y la vida eterna.

Gloria