El Pan del peregrino

El alimento para vida eterna…


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La Cruz es la prueba consumada del amor Divino (Por John F. Macarthur)

Miremos ahora el texto del cual sacamos el título de este artículo: “Dios es amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él.”(1 Jn 4: 8-9).

No estaríamos haciendo justicia a este versículo si limitáramos nuestra discusión del amor divino a términos abstractos. El amor de Dios no es simplemente un fenómeno subjetivo. Es dinámico, activo, vibrante y poderoso. Dios ha “manifestado” Su amor, o lo ha mostrado en un acto particular que puede examinarse objetivamente.

En otras palabras, las Escrituras no solo dicen “Dios es amor” y dejan que el individuo interprete subjetivamente lo que eso significa. Hay un contexto doctrinal muy importante en el que se explica e ilustra el amor de Dios. Afirmar que Dios es amor al mismo tiempo que niega la doctrina subyacente y define esa verdad, es hacer que la verdad misma carezca de significado.

Pero eso es precisamente lo que muchos han hecho. Por ejemplo, nuestros adversarios, los liberales teológicos, están muy interesados ​​en afirmar que Dios es amor; sin embargo, a menudo niegan rotundamente el significado de la expiación sustitutiva de Cristo. Sugieren que, debido a que Dios es amor, Cristo no necesitaba morir como un sacrificio sustitutivo para rechazar la ira divina de los pecadores. Representan a Dios como fácil de apaciguar, y caracterizan la muerte de Cristo como un acto de martirio o un ejemplo moral para los creyentes, negando que era la propia ira de Dios la que necesitaba ser propiciada mediante un sacrificio de sangre, y negando que Él deliberadamente dio Su Hijo para hacer tal expiación. Por lo tanto, rechazan la manifestación consumada del amor de Dios, incluso cuando intentan hacer del amor divino la pieza central de su sistema.

Normalmente me encuentro con personas que piensan que porque Dios es amor, la teología realmente no importa. Recientemente, un joven me escribió una carta que decía en parte: “¿De verdad crees que a Dios le preocupan todos los puntos de doctrina que nos dividen a nosotros?, ¡cuánto mejor sería si olvidamos nuestras diferencias doctrinales y le mostramos al mundo el ¡amor de Dios!”

Pero esa posición es insostenible, porque muchos que se llaman a sí mismos cristianos son engañadores. Por esa razón, el apóstol Juan comenzó el capítulo del cual se toma nuestro texto con estas palabras: “Amado, no creas a todo espíritu, sino prueba a los espíritus para ver si son de Dios, porque muchos falsos profetas han salido al mundo. “(1 Jn. 4: 1).

Y dado que un cuerpo importante de doctrina subyace a lo que las Escrituras enseñan acerca del amor divino, es una falacia pensar que el amor divino y la teología sonora se oponen entre sí.

Martyn Lloyd-Jones escribió sobre esto mismo:

La gran tendencia en este siglo presente ha sido presentar como antítesis la idea de Dios como un Dios de amor, por un lado, y teología o dogma o doctrina por el otro. Ahora, la persona promedio generalmente ha asumido una posición como la siguiente: “Sabes, no estoy interesado en tu doctrina. Seguramente el gran error que la iglesia ha cometido a lo largo de los siglos es toda esta charla sobre el dogma, toda esta doctrina del pecado, y la doctrina de la Expiación, y esta idea de justificación y santificación. Por supuesto, hay algunas personas que pueden estar interesadas en ese tipo de cosas, pueden disfrutar leyendo y discutiendo al respecto, pero en cuanto a mí,” dice este hombre, “No parece haber verdad en ello, todo lo que digo es que Dios es amor”. Así que plantea esta idea de Dios como amor por encima y en contra de todas estas doctrinas que la iglesia ha enseñado a lo largo de los siglos.[10]

De hecho, tal pensamiento ha sido el estado de ánimo predominante tanto en el pensamiento popular como en gran parte de la religión organizada durante la mayor parte de este siglo. Esa mentalidad en muchos aspectos se ha convertido en el sello distintivo de la iglesia visible en el siglo XX.

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¿Quién como nuestro Dios?

¿Qué otro dios hizo los cielos y la tierra, el mar y todo lo que ellos hay? ¿Quién como Dios, que sustenta todo lo creado y domina sobre todas las naciones?

“Nuestro Dios está en los cielos, todo lo que quiso ha hecho. isaias57-15Los ídolos de ellos son plata y oro, obra de manos de hombres. Tienen boca, mas no hablan; tienen ojos, mas no ven; orejas tienen, mas no oyen; tienen narices, mas no huelen; manos tienen, mas no palpan; tienen pies, mas no andan; no hablan con su garganta. Semejantes a ellos son los que los hacen, y cualquiera que confía en ellos.” (Salmos 115:4-8)

Pero lo más sorprendente todavía. ¿Quién es como el Señor nuestro Dios, que está sentado en las alturas, que se humilla para mirar lo que hay en el cielo y en la tierra? ¿Quién como Él que descendió a vivir entre sus criaturas, porque aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz?

¿Quién sino Cristo prometió estar “todos los días, y hasta el fin del mundo” con sus discípulos? ¿Qué otro ser es capaz de estar infinitamente lejos y a la vez íntimamente cerca de sus siervos? ¿Qué otro dios es capaz de sentir pena por el dolor de sus seguidores? Sólo Cristo se compadece de nuestro dolor, incluso lloró ante la tumba de su amigo Lázaro, aún sabiendo que le resucitaría. Nuestra condición caída le produjo dolor y por eso vino a rescatarnos.

¿Quién más puede expresar lo siguiente? “Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados” Sólo Él vive en las alturas y en el corazón de los que se humillan ante Él, con el propósito de darles Vida eterna.

Sólo Jesús es Dios, y sólo Él salva. Por Quien es y por lo que hizo, es el único digno de alabanza, honra, obediencia y honor. A Él sea toda la gloria.

Gloria


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Pesar en mi corazón

Pesar en mi corazón

Pablo tenía mucho pesar en su corazón por la salvación de su pueblo, los judíos. En el capítulo nueve de la carta a los Romanos, empezaba diciendo que deseaba ser él mismo apartado de Dios (usa la palabra anatema, que significa maldito) si esto permitiera que todos sus hermanos de nación pudieran ser salvos.

El el capítulo diez, comienza de la misma forma, diciendo que el anhelo de su corazón y su oración eran por la salvación de su pueblo. Esto me hizo reflexionar  profundamente sobre qué pienso yo, como discípula de Cristo, por toda la gente que me rodea. Mi familia por lazos de sangre y mis allegados, compañeros, vecinos, etc. ¿Tengo la misma carga en el corazón y en la oración por ellos?

Porque Pablo era consciente que sus hermanos estaban bajo el juicio de Dios, y  también tú lo estás si no te arrepientes y recibes el regalo de la salvación de la Cruz. Esto dice Romanos 3:23 “Por cuanto todos pecaron están destituidos de la gloria de Dios” Estás bajo la ira y la maldición de Dios.

Estos judíos tenían celo por Dios, pero no de la forma correcta.”Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios”. Muchos de ellos eran doctores en la Ley, pero no habían reconocido que la Ley hablaba de Cristo (que es por medio de quien Dios hizo justicia en la cruz y Él mismo es la Justicia) y en cambio, establecían sus propios varemos de justicia, independientes de la autoridad de Dios.

Mucha de la gente que me rodea, seres queridos, piensan que son muy piadosos. Muchos tienen, incluso una religión, pero siguen sin conocer al Dios de las Escrituras. Y ahora Pablo escribe la frase más contundente del capítulo: “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.”

Algunos me dicen, es que tu tienes fe, ¡por eso puedes creer!, he aquí la clave. ¡Lee la Biblia y presta atención a lo que el Señor quiere decirte por medio de ella!, porque es la única manera posible de que te sea concedida la fe.

Y sigue diciendo: “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¡Aquí una llamada de atención para mí! Si tengo el pesar que Pablo tenía por sus hermanos y el destino eterno de sus almas, ¿cómo no voy a predicar y buscar por todos los medios posibles, que mis familiares y amigos oigan de Cristo?

Dios quiera hacer la luz en los compañeros de trabajo, en los vecinos y demás conocidos y me de la gracia para dejar de lado la sabiduría humana y hablar del único que merece toda la gloria: “Para que sean alentados sus corazones, y unidos en amor, alcancen todas las riquezas que proceden de una plena seguridad de comprensión, resultando en un verdadero conocimiento del misterio de Dios, es decir, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.”

Gloria


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Más que vencedor sobre uno mismo

Más que vencedor sobre uno mismo

Antes en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó (Romanos 8: 37)

Nosotros vamos a Cristo por perdón, y luego, muy a menudo, buscamos en la ley poder para combatir nuestros pecados. Pablo nos reprende en esta forma: «¡Oh, gálatas insensatos!, ¿quién os fascinó, para no obedecer a la verdad? Esto solamente quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír de la fe? ¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora os perfeccionáis por la carne?»

Lleva tus pecados a la cruz de Cristo, pues el viejo hombre sólo puede ser crucificado allí: nosotros estamos crucificados con Él. La única arma para combatir el pecado es la lanza que traspasó el costado de Jesús. Demos una ilustración: Tú necesitas dominar un temperamento colérico: ¿Cómo procedes? Es muy posible que tú nunca hayas intentado el correcto procedimiento, que es el de presentar a Jesús ese mal. ¿Cómo obtengo la salvación? Voy a Jesús tal cual soy, y confío en Él para que me salve. ¿Debo matar en la misma manera mi temperamento colérico? Éste es el único modo de matarlo. Tengo que ir con él a la cruz y decir a Jesús: «Señor, yo confío en ti para que me libres de este mal». Es el único modo de darle un golpe mortal.

¿Eres codicioso? ¿Sientes que el mundo te lía? Puedes batallar contra ese mal cuanto quieras; nunca serás librado de él en ningún otro modo que no sea por la sangre de Jesús. Llévalo a Cristo. Dile: «Señor, yo confío en ti; tu nombre es Jesús, pues tú salvas a tu pueblo de sus pecados. Señor, éste es uno de mis pecados; sálvame de él». Los ritos no valen nada sin Cristo como medio de humillación. Tus oraciones, lágrimas y arrepentimiento no valen nada aparte de Cristo.

Ninguno, salvo Jesús, puede hacer buenos a los pecadores y a los santos desvalidos. Tú debes ser vencedor por medio del que te amó, si lo quieres ser. Nuestros laureles deben crecer entre los olivos del Getsemaní.

C. H. Spurgeon

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