El Pan del peregrino

El alimento para vida eterna…


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Obediencia y libertad Vs. legalismo y libertinaje

“Guardaréis, pues, las palabras de este pacto, y las pondréis por obra, para que prosperéis en todo lo que hiciereis.” Deuteronomio 29:9

La simple obediencia a la Palabra de Dios ha sido y será siempre el profundo secreto de toda verdadera prosperidad. Para el cristiano, la prosperidad  no consiste desde luego en las cosas materiales o terrenas, sino en las celestiales y espirituales y no hemos de olvidar nunca que sería el colmo de la locura pensar en prosperar o hacer progresos en la vida divina si no prestamos una implícita obediencia a todos los mandamientos de nuestro bendito Señor y Salvador Jesucristo. (Nota: en este artículo, la mención de “mandamientos”, no se refiere solamente al decálogo, sino a la completa Escritura)

“Si permaneciereis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queráis y os será hecho”. “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto y seáis así mis discípulos”. “Como el Padre me amó, también yo os he amado: permaneced en mi amor”. “Si guardareis mis mandamientos permaneceréis en mi amor como yo también he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor”.

He aquí la verdadera prosperidad cristiana. Deseemos ardientemente y prosigamos con diligencia el método apropiado para alcanzarla. Este ferviente llamamiento no es tan sólo general, sino que también es intensamente individual. Esto es muy importante. Siempre estamos propensos a generalizar y así dejar de aplicar la verdad a nuestra conciencia individual. Esto es un grave error y una pérdida seria para nuestras almas. Cada uno de nosotros está obligado a rendir implícita obediencia a los preciosos mandamientos de nuestro Señor. Es así como entramos en el verdadero gozo de nuestra relación, de acuerdo con lo que Moisés dice al pueblo “para tomarte por pueblo suyo, y para hacerte Él un Dios.”

Nada puede ser más precioso y es tan sencillo. No hay vaguedad, oscuridad o misticismo en ello; es sencillamente tener sus preciosísimos mandamientos atesorados en nuestros corazones, obrando sobre la conciencia y llevándolos a la práctica en nuestra vida. Tal es el verdadero secreto de realizar nuestro parentesco con nuestro Padre y con nuestro Señor y Salvador Jesucristo. El que crea que puede gozar de ese parentesco íntimo mientras vive en habitual descuido de los mandamientos del Señor abriga una ilusión miserable y dolorosa. “Si guardareis mis mandamientos permaneceréis en mi amor”. Este es el punto, mas consideremos atentamente: “si me amáis guardad mis mandamientos”. “No todo el que me dice Señor, Señor entrará en el reino de los cielos, mas el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. “Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos ese es mi hermano y hermana y madre.”

Estamos en inminente peligro de que mientras se mientras tratamos de evitar todo lo que pueda parecerse al legalismo, caigamos en el extremo opuesto la relajación carnal. Los pasajes de las Santas Escrituras que acabamos de citar proporcionan la divina salva guardia contra estos perniciosos errores. Es una verdad bendita que hemos sido llevados a la santa relación de hijos por la soberana gracia de Dios el poder de sus palabras y de su Espíritu. Esté hecho arranca de raíz la nociva hierba del legalismo.
Si somos liberados de las obras de la ley como, a Dios gracias, lo estamos, si en realidad somos cristianos, no es para que nos fiemos de nosotros mismos, sino para que las obras de la fe se manifiesten en nosotros para la gloria de Aquel cuyo nombre llevamos, al cual pertenecemos, al cual estamos obligados por todos los conceptos amar, obedecer y servir.

Extraído de: “Notas sobre el libro de Deuteronomio”  Tomo II  Charles H. Mackintosh

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La verdadera libertad

“A pregonar libertad a los cautivos” (Lucas 4:18)

Ninguno, excepto Jesús, puede liberar a los cautivos. La verdadera libertad viene solo de Él. Es ésta una libertad justamente otorgada, pues el Hijo, heredero de todas las cosas, tiene derecho a libertar a los hombres. Los santos veneran la justicia de Dios, que ahora les asegura la salvación. Esta libertad fue comprada a un precio elevado. Cristo habló de ella con su poder, pero la compró con su sangre.

Él te hace libre, pero a costa de su prisión; te liberta porque Él llevó tu carga; te pone en libertad porque Él sufrió en tu lugar. Pero, aunque esa libertad la compró a un precio elevado, te la da, sin embargo, gratuitamente. Jesús no pide nada de nosotros como preparación para recibir la libertad. Nos ve sentados en cilicio y ceniza y pide que nos pongamos los bellos atavíos de la libertad. Él nos salva tal como somos, y lo hace todo sin nuestra ayuda y sin nuestros méritos. Cuando Jesús nos pone en libertad, esa libertad está perpetuamente asegurada, ninguna cadena nos atará otra vez. Es suficiente que el Maestro diga: «Cautivo, yo te he libertado», para que yo quede libre para siempre. Satán procurará esclavizarnos, pero si el Señor está a nuestro lado, ¿a quién temeremos? El mundo con sus tentaciones buscará engañarnos, pero el que está por nosotros es más poderoso que los que están contra nosotros. Las maquinaciones de nuestro engañoso corazón nos acosarán, pero el que empezó en nosotros la buena obra, la proseguirá y perfeccionará hasta el fin.

Los enemigos de Dios y los enemigos del hombre pueden reunir sus huestes y venir en contra de nosotros con renovada furia, pero si Dios nos liberta, ¿quién nos puede condenar? El águila que asciende hasta su nido y se remonta hasta las nubes, no es más libre que el alma libertada por Cristo. Si no estamos bajo la ley, libres de su maldición, exhibamos en forma práctica nuestra libertad, sirviendo a Dios con gratitud.

C.H. Spurgeon


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Los dos esclavos

Los dos esclavos

Existireron una vez dos esclavos que eran vecinos. Ambos trabajaban de sol a sol, pero no se parecían en nada. Esclavo Vil tenía un aspecto macilento y triste, sus facciones se contraían de vez en cuando por una mueca de furia, otras veces se enrojecía por la rabia, pero volvía al poco tiempo a su tono amarillento habitual. Se movía lenta y pesadamente llevando unos grilletes que ya no percibía por la costumbre de arrastrarlos. Los amos de Vil le daban a comer raíces amargas y un líquido amarillento como bebida.

Por otro lado Siervo, tenía el rostro siempre sonriente y rozagante, tal vez porque vivía cantando y a veces cerraba los ojos y movía sus labios como en un ensueño. Sus movimientos eran gráciles y solícitos porque no estaba sujeto a ningún peso. El Amo de Siervo le alimentaba con pan fresco, miel y agua cristalina.

Esta diferencia abismal no pasó desapercibida a Vil, que un día interrogó a Siervo:

-¿Cuál es el motivo por el que siempre estás contento?, ¿acaso no eres un esclavo, como yo?

-Antes era como tú, tenía muchos amos despóticos que me maltrataban. Serví a Soberbia, a Posición social, a Autojustificación, cambiaba de dueño con la esperanza de mejorar, como una vez me pasó con Placer Carnal; pero este resultó mucho peor que los anteriores. Y no sabía, como seguramente tu no sabes, que estaba destinado a la muerte. Todos los amos te prometen que les servirás y te irá mejor, ¡pero planean acabar con tu vida! Así viví durante bastante tiempo, hasta que me llamó a servir mi Señor actual: Cordero Rey. ¿Sabes lo que hizo? ¡me dio la libertad!, por eso no ves grilletes en mis pies.

– Pero si te liberó, ¿por qué todavía le sirves?

-Por agradecimiento. Ahora sé que mi fin era la muerte, y ningún otro amo me hubiera librado como este. Cordero Rey pagó el precio de mi vida, me compró y además de quitar el peso de mis grilletes, me trata como a un hijo, es un Señor bueno, y compasivo, que conversa cada día conmigo, me alimenta y me cuida. (Siervo interrumpía su conversación para proferir alabanzas a su Amo, mientras se le iluminaba el rostro)

-Si tanta libertad tienes y te va tan bien, ¿por qué no te vas lejos y te dedicas a mandar a otros? Yo también quiero que me llame tu Señor, ya veré luego cómo le sirvo…, dijo Vil.

-¡No lo hagas!, mi hermano Apóstata también pensaba como tú. Un tiempo estuvo cerca, rondaba el campo de mi Señor y creyó servirle, pero en realidad el amo Religión y Filosofía humana se apoderaron de él y vive una vida miserable, peor aún que la tuya ahora.

La anterior es una alegoría de la situación de la raza humana. O somos siervos del pecado para muerte, o siervos de Cristo para vida y vida eterna.

¿No sabéis que cuando os presentáis a alguno como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, ya sea del pecado para muerte, o de la obediencia para justicia? Romanos 6:16

Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. Romanos 5:1

Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Juan 8:31-32

Gloria


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Bendito Intercesor

“Os he dicho que yo soy; pues si me buscáis a mí, dejad ir a éstos”.
(Juan 18:8)

¡Nota, alma mía, atentamente lo que Jesús manifiesta aún en Su hora de prueba hacia las ovejas de Su mano! La pasión dominante se vuelve muy fuerte en la hora de muerte. Se rinde a Sí mismo ante el enemigo, pero interpone una palabra de poder para dejar libres a Sus discípulos.

corderoEn cuanto a Sí mismo, como una oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió la boca, sino que por el amor a Sus discípulos habló con la energía del Todopoderoso. En esto consiste Su amor, en que es constante, ausente de Sí mismo, un amor fiel. ¿Pero no hay mucho más aquí que lo encontrado sobre la superficie? ¿No encontramos el alma y el espíritu de la expiación en estas palabras? El Buen Pastor da su vida por las ovejas, y pide que por tanto queden libres. El Garante es arrestado, y la justicia exige que aquellos por quienes Él se encuentra como Sustituto, deben seguir su camino.

En medio de la esclavitud de Egipto, suena la voz como una palabra de poder, “Dejad ir a éstos”. Y el pueblo de Israel sale en libertad hacia la tierra prometida. Fuera de la esclavitud del pecado y de Satanás, el redimido tiene que salir. En cada celda de los calabozos de la desesperación, el sonido hace eco: “Dejad ir a éstos”, Satanás oye la muy conocida voz, y levanta el pie del cuello de los caídos; y Muerte la escucha, y la tumba abre sus puertas para que los muertos resuciten. La senda de aquellos que son liberados, es una de santidad, de triunfo, de gloria, y ninguno se atreverá a detenerlos. No habrá jamás león en su camino, ni bestia fiera que se acerque a ella. “La sierva de la mañana”(Cristo), atrajo a los crueles cazadores sobre sí misma, y ahora las más tímidas gamitas y las ciervas del campo podrán pastar en perfecta paz entre los lirios de sus amores.

La nube de tormenta estalló sobre la Cruz del Calvario, y los peregrinos de Sion no serán heridos por los relámpagos de la venganza. Ven, mi corazón, y regocíjate en la inmunidad que tu Redentor te ha asegurado, y bendice Su nombre todo el día, y para siempre.

C.S. Spurgeon