El Pan del peregrino

El alimento para vida eterna…


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Matusalén y el Arco iris

Todo el mundo sabe que Matusalén fue el hombre más longevo sobre la tierra. Vivió 969 años (Génesis 5:27) Lo que la gente no sabe (y hace poco descubrimos leyendo la Biblia) es que fue contemporáneo de Adán y de Noé. ¿Y por qué esto es importante? Pues bien, en la Biblia ningún dato está ahí por casualidad. El hecho de que Matusalén haya vivido tantos años tuvo un significado especial en los tiempos de Noé y también tiene uno para nuestros días. En hebreo “Matusalén” se traduce literalmente: “Hombre del dardo o jabalina”, o también: “cuando él muera será enviado”. Su nombre, por lo tanto, nos indica que a su muerte sería enviado algo. ¿Qué sería enviado? El contexto nos indica que sería el Diluvio. Es impresionante, pero su nombre profetizaba que a su muerte comenzaría el Diluvio. Y si hacemos el cálculo, la profecía se cumplió porque ¡¡¡el Diluvio comenzó el año en que murió Matusalén!!!

Adán fue el primer hombre, creado por Dios en estado de santidad, pero desobedeció y el pecado trajo  como fruto la muerte. La maldición del pecado pasó a todos los hombres “por cuanto todos pecaron”. Más adelante vemos un hombre que se llamó Enoc, que tuvo un hijo al que le puso por nombre Matusalén. Matusalén fue el abuelo de Noé. A estas alturas de la vida de Noé “la maldad del hombre sobre la tierra llegó al colmo”. (¿te suena familiar?)

Entonces, ¿qué significa que Matusalén haya vivido tantos años? Si la muerte de Matusalén marcaba el comienzo del Diluvio y como Dios no quiere que el hombre perezca sino que se arrepienta, alargó la vida de Matusalén tanto que ningún otro hombre vivió lo que él. Mientras más años vivía Matusalén más años tenían para escapar del Diluvio. Dios esperó con paciencia (1 Pedro 3:20). Sin embargo, este tiempo terminó en algún momento. Matusalén murió y con ello terminó el tiempo que Dios tuvo misericordia por la humanidad.

Jesús dijo que los tiempos finales serían como los de Noé (Mateo 24:37). La vida de Matusalén es sombra del “tiempo de gracia”, el período donde Dios espera por la humanidad para que se arrepienta y crea a su Palabra antes que comiencen los juicios sobre la Tierra.

El Arco iris fue la señal que Dios puso para que recordemos su pacto con el hombre. (Génesis 9:16) Dios bendijo a Adán y repitió su bendición sobre Noé. En nuestros días Cristo nos da la oportunidad de reconciliarnos con Dios. (Ver también: “Cuando veas el Arco iris”)

Es necesario que sepas que habrá otro juicio, que dependerá de si recibiste a Cristo en el tiempo de la Gracia.  Jesús volverá a buscar a los que se hayan arrepentido de su maldad y sean hechos Justos por Cristo. “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.” ( 2º Pedro 3:9)

Gloria

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Una reconciliación única

Reconciliar, según la Real Academia española de la lengua es: “Volver a las amistades, o atraer y acordar los ánimos desunidos”. Sabemos que cuando dos o más personas se distancian, normalmente es por causa de ambas o varias partes que se han ofendido o agredido mutuamente. Nunca la culpa es de una sola persona. Además para lograr la reconciliación, todas las partes tienen que estar de acuerdo y contribuir activamente porque de otra forma no es posible.

Dios, en cambio, hizo una reconciliación única, diferente a lo humanamente conocido porque:  sólo una parte está enemistada (nosotros somos enemigos de Dios, nos rebelamos a Su autoridad) y Cristo vino a reconciliarnos con Él , sin hacer nada nosotros. Él lo hizo todo, Él lo completó todo para reconciliarnos con el Padre. Por doble motivo entonces es una reconciliación única.

“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación.” (2º Corintios 5:17-19)

“Por cuanto agradó al Padre que en Él habitase toda plenitud, y por medio de Él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de Él”. (Colosenses 1:19-22)

De ninguna manera hemos de pensar: ¡ah, bueno!, como Cristo reconcilió “todas las cosas” y lo “hizo todo”, Dios perdonará a toda la humanidad y no existirá la condenación para nadie. Esto es una gran mentira. Cristo vino a imputarnos su Justicia, porque nadie puede por sí mismo salvarse (“Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios. Romanos 3:23) pero a los que no reciben ese sacrificio vicario o sustitutivo, no les otorga la reconciliación. Los que no reciben el sacrificio de la Cruz, siguen siendo enemigos de Dios y la ira de Dios está sobre ellos.

Espero que en este día el Espíritu te convenza de tu pecado (porque todos hemos ofendido a Dios), te muestre Su Justicia (Dios hizo justicia en la muerte de su propio Hijo) y así puedas, recibiendo Su señorío en tu vida (no ser más tú, el dueño de tu vida, sino Cristo) evitar el juicio de condenación que tendrán todos aquellos que no reciban ese sacrificio de la Cruz. ” Y así como está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio, así también Cristo, habiendo sido ofrecido una vez para llevar los pecados de muchos, aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvación de los que ansiosamente le esperan.” Hebreos 9:27-28

Gloria


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El agua y el aceite

Job era rico, tenía renombre entre sus conciudadanos, tenía una gran familia (¡diez hijos!), era una persona devota y Dios le definía como: “Un hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal.” Su vida transcurría sin mayores sobresaltos. Lo que no sabía Job, era que en el cielo se hablaba de él. Satanás quiso acusarle delante de Dios, que toda su devoción era por interés, por todo lo que Dios le había prosperado. Y Dios permitió que su integridad fuera probada. Le fue quitada en un sólo día  toda su riqueza y familia. Le robaron todo y sus hijos murieron todos un mismo día. Es fácil escribirlo, pero poniéndose en su lugar, cualquiera se da cuenta que esto significaba una tragedia sin precedentes para la vida de Job. El objetivo del Diablo era que Job blasfemara, pero en cambio, Job pronunció las palabras más profundas y sabias que un hombre puede decir: “Y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá. El Señor dio y el Señor quitó; bendito sea el nombre del Señor.”

Pero no quedó así la desgracia de Job. El Enemigo volvió a acusar a Job y Dios permitió esta vez que el Diablo tocara su salud. Contrajo una sarna maligna que le cubría todo el cuerpo, y se sentaba sobre ceniza rascándose con un trozo de tiesto. Su “media naranja”, su esposa, le sugirió que en esta condición no le valía la pena vivir más, que maldijera a Dios de una vez y se muriera. Pero Job aún así no lo hizo. Se lamentó, maldijo el día de su nacimiento, pero nunca llegó a maldecir a Dios. ¿Cómo es posible que no lo hiciera, con todo lo que le pasó? John Bunyan lo explica muy gráficamente en su libro: “El progreso del Peregrino”:

Después de esto, tomando Intérprete de la mano a Cristiano, lo introdujo en un lugar donde había fuego encendido junto a la pared, y uno echando agua sin cesar con intento de apagarle; mas el fuego continuaba cada vez más vivo y con mayor intensidad. Sorprendido de esto nuestro hombre, preguntó su significado, y entonces Intérprete respondió: —Ese fuego representa la obra de la gracia en el corazón, y ese que ves echando agua es Satanás; pero su intento es vano. Ven conmigo y comprenderás por qué en lugar de extinguirse el fuego se hace cada vez más vivo. ¿Ves esa otra persona? Continuamente está echando aceite en el fuego, aunque secretamente, y de esa manera le da cada vez más cuerpo. Esa persona es Cristo, que con el óleo de su gracia mantiene la obra comenzada en el corazón, a pesar de los esfuerzos del Demonio. Y el estar detrás de la pared te enseña que es difícil para los tentados ver cómo esta obra de la gracia se mantiene en el alma.

Dios estuvo en el control absoluto de todo lo que acontecía, y aún preservó a Job de maldecir, aunque en su carne, hubiera podido hacerlo. Esta enseñanza muestra la obra que el Espíritu hace en nuestras vidas, a pesar del pecado de nuestro propio corazón o los dardos envenenados del Enemigo de nuestra alma.

Toda la prueba que Dios permitió en la vida de Su siervo Job, fue para que al fin y a la postre, pudiera conocer  más íntimamente a Dios y ser consciente de su pecado. “De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza.” Agradezcamos a Su gracia que nos preserva y a Su Espíritu que nos convence de pecado, para que podamos arrepentirnos. Él está en control de todo, ¡a Cristo sea la gloria desde ahora y para siempre.!

Gloria


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Jesús: El Médico

“Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias…” Salmos 103:3

Aunque esta declaración resulte humillante, el hecho, sin embargo, es cierto: pues todos nosotros de alguna manera estamos sufriendo por la enfermedad del pecado. ¡Qué consuelo da saber que tenemos un gran Médico que puede y quiere sanarnos! Pensemos en Él por un momento en este día.

Sus curas son rápidas: con solo mirarlo, tenemos vida. Sus curas son radicales: Él saca el mal de raíz; de ahí que sus sanidades sean seguras y ciertas. Él nunca falla, y la enfermedad jamás vuelve. Donde Cristo sana no hay recaídas. No hay por qué temer que sus pacientes vayan a ser meramente emparchados por algún tiempo. El Señor hace de ellos hombres nuevos; les da también un nuevo corazón y pone un espíritu recto dentro de ellos. Él es muy entendido en toda clase de enfermedades. Los médicos son, generalmente, especialistas en algo, aunque conocen un poco de casi todas las enfermedades, hay, por lo regular, una enfermedad que han estudiado más detenidamente. Sin embargo, Jesús conoce completamente toda la naturaleza humana. Él conoce a fondo a cada uno de los pecadores, y nunca se ha encontrado con un caso particular que le fuera difícil resolver. Ha tenido que vérselas con raras complicaciones de enfermedades extrañas, pero con una mirada de sus ojos ha sabido cómo tratar al paciente.

Él es el único doctor universal, y la medicina que da constituye la única panacea que sana en todos los casos. Cualquiera que sea la enfermedad espiritual que tengamos debemos recurrir enseguida a este Médico divino. No hay quebranto de corazón que Jesús no pueda curar: «La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado» (1 Jn. 1:7). No tenemos más que pensar en los miles y miles que fueron librados de toda suerte de enfermedades por el poder y la virtud de su contacto, y alegremente nos pondremos en sus manos. Al confiar en Él, el pecado muere; al amarlo, la gracia vive; al esperar en Él, la gracia es corroborada y, al mirarlo tal cual es, la gracia se perfecciona para siempre.

C.H.Spurgeon

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