El Pan del peregrino

El alimento para vida eterna…


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La humildad, la mejor virtud

“Y depositaron sus coronas delante del trono, proclamando: Tú eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, la honra y el poder, porque todas las cosas Tú las creaste, sí, a causa de tu voluntad existen y fueron creadas” (Apocalipsis 4:10b y 11)

Cuando Dios creó el universo, fue con un objetivo: hacer a las criaturas partícipes de Su perfección y bienaventuranza y, así, mostrar en ello la gloria de su amor, sabiduría y poder. Dios quiso revelarse a Sí mismo en las criaturas y por medio de ellas, comunicándoles tanta gloria como ellos fueran capaces de recibir. Pero esa comunicación no significaba dar a la criatura algo que ella pudiera poseer en sí misma, una vida o bondad que intrínsecamente le perteneciera, ¡De ninguna manera!  Pero como Dios es eterno, omnipresente y omnipotente, y sostiene todas las cosas por la palabra de su poder, y en quien todas las cosas existen, la relación de la criatura con Dios solamente podría ser una relación de interrumpida, absoluta y universal dependencia.

Tan cierto como que Dios por su poder, creó el mundo, así también, por el mismo poder, Dios nos sostiene cada momento. No basta que la criatura vea hacia atrás su origen y reconocer que todas las cosas vienen de Dios; su principal cuidado, su virtud más elevada, su única felicidad, ahora y por toda la eternidad, es verse a sí misma como un recipiente vacío, en lo cual Dios pueda depositar y manifestar Su poder y bondad.
La vida que Dios concede nos es impartida, no de un golpe, sino cada momento, continuamente, por la operación incesante de Su grandioso poder. La humildad, el lugar de la dependencia de Dios, es, por la propia naturaleza de las cosas, la primera obligación y la virtud más elevada de la criatura y la raíz de toda virtud. El orgullo, o la pérdida de esa humildad es la raíz de todo pecado y mal.

Fue cuando la tercera parte de los ángeles comenzaron a mirarse a sí mismos con complacencia, cuando nació la desobediencia, y fueron expulsados de la luz del cielo a las tinieblas. Y también fue cuando la serpiente exhaló el veneno de su orgullo en nuestros primeros padres, los cuales cayeron y sumieron a la raza humana en la miseria que se encuentra ahora. En el cielo y en la tierra, el orgullo  (auto-exaltación ) es la puerta, el nacimiento y la maldición del infierno.

Por eso Jesús vino a la tierra, a fin de devolvernos la humildad y hacernos partícipes de ella, restaurando lo perdido, la relación original y verdadera de la criatura con Dios, y de este modo salvarnos del pecado, especialmente el del orgullo. Él se humilló para hacerse hombre, siendo como era Dios: “Se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta a la muerte”(Fil. 2:8)  Y ahora la salvación que Él concede es, nada más y nada menos que una comunicación de Su propia vida y muerte, Su propia disposición y espíritu, Su propia humildad, como base y raíz de Su relación con Dios y Su obra redentora. Jesucristo tomó el lugar y cumplió el destino del hombre, como una criatura, por Su vida de perfecta humildad. Su humildad es nuestra salvación y esta salvación es nuestra humildad.

Así, la vida de los salvos, de los santos, debería exhibir el sello de liberación del pecado y plena restauración de su estado original; toda su relación con Dios y con el hombre tiene que ser marcada por una humildad que lo abarque todo. Sin eso, no se puede permanecer en la presencia del Padre y el poder de su Espíritu; sin eso no hay fe, o amor, o regocijo o fuerza permanentes. La humildad ya no es una gracia o virtud, sino la raíz de todas, pues solamente ella toma la actitud correcta delante de Dios, y permite que Él lo sea y haga todo. Dios nos hizo seres racionales, mientras más comprendamos la necesidad absoluta de una orden, tanto más plenamente dispuestos estaremos a obedecerla.

El llamado a la humildad ha sido muy poco considerado en la Iglesia porque su verdadera naturaleza e importancia ha sido muy poco comprendida. Humildad no es algo que presentamos a Dios o que Él concede; es simplemente el sentido de nuestra completa nulidad, que viene cuando vemos que Dios es todo, y en lo cual dejamos paso libre para que Él lo sea todo. Cuando la criatura percibe que esta es la verdadera nobleza, y lo consiente, su mente reconoce su verdadera posición como criatura y cede a Dios el lugar que le corresponde.

En la vida de los cristianos serios, aquellos que recogen y profesan la santidad, la humildad tiene que ser la marca principal de su vida. Esa humildad no es algo que vendrá por sí misma, pero debe ser hecha el objeto de especial búsqueda en oración, fe y entrenamiento.

La Humildad. En la hermosura de la santidad. Andrew Murray (Cap 1)

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Este a los pecadores recibe…

“Este a los pecadores recibe…” Lucas 15: 2

Observa la condescendencia de Cristo. Este Jesús que se eleva sobre todos los hombres como Santo, Inocente, limpio y apartado de los pecadores, recibe a estos últimos. Este que no es otro que El Eterno Dios, ante quien los ángeles cubren sus rostros, acoge a los pecadores.

Se necesitaría la lengua de un ángel para describir tan portentosa condescendencia de amor. El que alguno de nosotros se muestre dispuesto a buscar a los perdidos no tiene nada de admirable, porque se trata de nuestros semejantes. Pero que Él, el Dios ofendido contra quien se ha cometido la transgresión, tome la forma de siervo, lleve el pecado de muchos y se muestre dispuesto a recibir al más vil de los viles, resulta portentoso.

Este a los pecadores recibe. No lo hace sin embargo para que ellos continúen siendo pecadores sino para perdonarles sus pecados, justificarlos y limpiar sus corazones con la santificadora Palabra de Dios. Para preservar sus almas convirtiéndolas en morada del Espíritu Santo y permitirles que le sirvan haciendo públicas sus alabanzas y teniendo comunión con Él.

Jesús recibe a los pecadores. Con el amor de su corazón los saca del estercolero y los lleva como joyas en su corona. Los arrebata del fuego cual tizones y los preserva como costosos monumentos de su gracia. En la presencia de Cristo nada es más precioso que los pecadores por los cuales Él murió.

Cuando Jesús recibe a los pecadores, no lo hace en la puerta de la calle, ni los admite por caridad en algún lugar improvisado como se hace con los mendigos que están de paso, sino que abre las puertas de oro de su regio corazón y Él mismo les da la bienvenida.

Si admite al humilde penitente a una unión íntima y personal consigo y lo hace miembro de su cuerpo de su carne y de sus huesos, nunca ha habido un recibimiento como éste y ello es muy cierto en el día de hoy.

Jesús recibe aún a los pecadores. Ojalá los pecadores lo reciban a Él.

C.H. Spurgeon


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Obediencia y libertad Vs. legalismo y libertinaje

“Guardaréis, pues, las palabras de este pacto, y las pondréis por obra, para que prosperéis en todo lo que hiciereis.” Deuteronomio 29:9

La simple obediencia a la Palabra de Dios ha sido y será siempre el profundo secreto de toda verdadera prosperidad. Para el cristiano, la prosperidad  no consiste desde luego en las cosas materiales o terrenas, sino en las celestiales y espirituales y no hemos de olvidar nunca que sería el colmo de la locura pensar en prosperar o hacer progresos en la vida divina si no prestamos una implícita obediencia a todos los mandamientos de nuestro bendito Señor y Salvador Jesucristo. (Nota: en este artículo, la mención de “mandamientos”, no se refiere solamente al decálogo, sino a la completa Escritura)

“Si permaneciereis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queráis y os será hecho”. “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto y seáis así mis discípulos”. “Como el Padre me amó, también yo os he amado: permaneced en mi amor”. “Si guardareis mis mandamientos permaneceréis en mi amor como yo también he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor”.

He aquí la verdadera prosperidad cristiana. Deseemos ardientemente y prosigamos con diligencia el método apropiado para alcanzarla. Este ferviente llamamiento no es tan sólo general, sino que también es intensamente individual. Esto es muy importante. Siempre estamos propensos a generalizar y así dejar de aplicar la verdad a nuestra conciencia individual. Esto es un grave error y una pérdida seria para nuestras almas. Cada uno de nosotros está obligado a rendir implícita obediencia a los preciosos mandamientos de nuestro Señor. Es así como entramos en el verdadero gozo de nuestra relación, de acuerdo con lo que Moisés dice al pueblo “para tomarte por pueblo suyo, y para hacerte Él un Dios.”

Nada puede ser más precioso y es tan sencillo. No hay vaguedad, oscuridad o misticismo en ello; es sencillamente tener sus preciosísimos mandamientos atesorados en nuestros corazones, obrando sobre la conciencia y llevándolos a la práctica en nuestra vida. Tal es el verdadero secreto de realizar nuestro parentesco con nuestro Padre y con nuestro Señor y Salvador Jesucristo. El que crea que puede gozar de ese parentesco íntimo mientras vive en habitual descuido de los mandamientos del Señor abriga una ilusión miserable y dolorosa. “Si guardareis mis mandamientos permaneceréis en mi amor”. Este es el punto, mas consideremos atentamente: “si me amáis guardad mis mandamientos”. “No todo el que me dice Señor, Señor entrará en el reino de los cielos, mas el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. “Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos ese es mi hermano y hermana y madre.”

Estamos en inminente peligro de que mientras se mientras tratamos de evitar todo lo que pueda parecerse al legalismo, caigamos en el extremo opuesto la relajación carnal. Los pasajes de las Santas Escrituras que acabamos de citar proporcionan la divina salvaguardia contra estos perniciosos errores. Es una verdad bendita que hemos sido llevados a la santa relación de hijos por la soberana gracia de Dios el poder de sus palabras y de su Espíritu. Esté hecho arranca de raíz la nociva hierba del legalismo.
Si somos liberados de las obras de la ley como, a Dios gracias, lo estamos, si en realidad somos cristianos, no es para que nos fiemos de nosotros mismos, sino para que las obras de la fe se manifiesten en nosotros para la gloria de Aquel cuyo nombre llevamos, al cual pertenecemos, al cual estamos obligados por todos los conceptos amar, obedecer y servir.

Extraído de: “Estudios sobre el libro de Deuteronomio”  Tomo II  Charles H. Mackintosh


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Meditaciones breves pero prácticas

Lo que transcribo, lo extraje de un mail que me mandó mi marido Ángel Luis. Cada día me manda un mensaje y muchas veces pienso en publicarlos, porque me son de bendición y pienso que a otros podrían serlo también. Aunque muy escuetas, estas frases tienen mucho de vida cristiana práctica.
– Cuando no veas nada, no tomes ninguna decisión, espera que venga la luz del Señor para alumbrarte. Pero sigue adelante no importa lo poco que veas, a tu lado está el Señor.
-No tengas compasión ni misericordia de ti mismo, es como perdonar al pecado. Que sea Dios quien tenga misericordia y compasión de ti y no tu mismo. Por esto el Señor le dijo a Pedro: “aparta de mi satanás, porque no pones la vista en las cosas de Dios sino en las de los hombres” (Pedro le había dicho que tuviese compasión de si mismo).
– Si murmuro lo hago contra Dios, pues ¿quién es este o aquel sino instrumentos en las manos de Dios?
– Si te parece duro el camino, recuerda que no vas a transitar por ningún valle de aflicción que Cristo no haya pasado antes y que Él ha prometido acompañarte en todo momento.
– Si la envidia se apodera de ti, es porque tienes los ojos y la mente en las cosas del mundo, no en las cosas de arriba.