El Pan del peregrino

El alimento para vida eterna…


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La Vanidad de la Vida

Estos días leyendo Proverbios capítulo 16 meditaba acerca de la soberanía de Dios (es decir que Él tiene absoluto control sobre absolutamente TODO) y este post habla justamente de esto por eso lo comparto.

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Una de las verdades que la Biblia expone claramente es la realidad de nuestra vida como hombres en este mundo. La gran mayoría de nosotros nace, crece y conforme va creciendo hace planes para su vida. Planea estudiar, instruirse, trabajar, casarse, comprar una casa, tener hijos, pagar por su educación, ver a sus hijos crecer, luego verlos hacer sus propias vidas, y terminar uno envejeciendo junto a aquella persona con la que compartimos tanto de nuestras vidas.

Así crecí yo.

Entre los recuerdos de mi niñez estaban soñar con llegar a ser un cirujano como mi padre, casarme a los 25 años, tener 3 hijos -uno de los cuales sería una niña rubia con grandes bucles en su cabello (por lo menos eso fue lo que le escribí en una carta a mi esposa en una ocasión)- comprar una casa con un buen patio para que mis hijos pudieran jugar…

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La gran delatora

Parece el título de una novela, pero se trata de un personaje que tenemos todos y que usamos a diario, más de lo que pensamos: “la lengua”.

¿Por qué le llamo delatora?, porque ella es la encargada de revelar lo que hay en nuestro interior. El Señor Jesús dijo: “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34) Cuando hablamos, expresamos nuestros pensamientos, tendencias, sentimientos, temores, etc. Y lo hacemos con un mayor o menor grado de conciencia, es decir que a veces no nos damos cuenta de todo lo que nuestra forma de hablar puede revelar. Al poco de hablar con alguien, ya nos formamos una idea general, si hablamos muchas veces con él, ya tendremos un panorama más completo, y si tenemos relación diaria, se puede decir que conocemos a esa persona. ¿No les ha pasado que nos formamos un concepto de una persona y de pronto , conversando, suelta una palabrota, o una expresión soez y nos decepciona?, ver gente elegante de apariencia inteligente y al abrir su boca sólo dicen tonterías, o que al descubrir una mentira ya no podemos confiar en esa persona, y así muchos ejemplos de cómo puede delatar la lengua el corazón humano.

Con razón expresa  el Proverbio: “Hasta el necio cuando calla, pasa por sabio” Porque tanto la cantidad como el contenido de nuestras palabras, nos retratan.

En la Biblia hay advertencias contra la vana palabrería: “El que cierra sus labios es entendido”, “El que ahorra sus palabras tiene sabiduría; de espíritu prudente es el hombre entendido”, “En las muchas palabras, la transgresión es inevitable, mas el que refrena sus labios es prudente.”En el libro de Proverbios es donde más referencias encontramos de la importancia de la lengua, a tal punto que dice: ” La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos.” (proverbios 18:21)

Y siguiendo con el capítulo de Mateo  12 cuando el Señor hablaba con los fariseos, les dice: “Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.” (Mateo 12:36-37) No se trata de que podamos hacer nada por nuestra salvación, y menos con meras palabras. Lo que quiere decir es que una persona regenerada, que se ha humillado delante de la Cruz de Cristo pidiendo misericordia por sus pecados, llena su mente y su corazón de la palabra de Dios y esto es lo que brota naturalmente por sus labios. Esto se traduce por un hablar prudente, veraz, contento y agradecido que es como un bálsamo para los que los oyen. Pero por el contrario, la persona que no tiene en cuenta a Dios en su vida, y se deja guiar por su propia opinión, por su corazón engañoso y sus apetitos (dinero, placer, renombre) va a manifestar un fruto de labios totalmente opuesto. Escucharemos de ellos quejas, contiendas, mentiras, insultos, blasfemias, falta de respeto, etc.

La mejor manera de conocer a un verdadero siervo de Cristo, será a través de sus palabras y porque siempre está reconociendo la mano de Dios en su vida, hablando de su Señor. “Por tanto, ofrezcamos continuamente mediante Él, sacrificio de alabanza a Dios, es decir, el fruto de labios que confiesan su nombre.” (Hebreos 13:15)

Gloria

 


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El corazón pide mesa para uno

“El corazón conoce su propia amargura, y un extraño no comparte su alegría.” (Proverbios 14:10) El hombre es un ser social, está rodeado de el hermoso diseño de Dios que es el matrimonio y la familia. Aumenta el círculo de relaciones a amigos, compañeros de trabajo, vecinos y conocidos. Pero al fin y a la postre está solo con su alma.  Dios le creó un ser único y lo formó para tener relación personal con Él.

A menudo el hombre finge una relación con Dios a traves de ritos y otras manifestaciones externas. “Rasgad vuestros corazones y no vuestros vestidos” (Joel 2:13) La rotura de vestidos y otros signos exteriores de emoción religiosa son cosas fáciles de hacer y resultan hipócritas. Pero el arrepentimiento sincero es menos común. Los hombres atenderán con buena disposición a las manifestaciones ceremoniales, pues son cosas que agradan a la carne, pero la religión verdadera les resultará demasiado humillante, demasiado escrutadora del corazón y simple en demasía. Prefieren algo más pomposo, frívolo, y mundano. Las observancias exteriores traen un consuelo temporal. En ellas se engorda la vanidad, se hincha la justicia propia y se satisfacen la vista y el oído pero, al fin, esas obras resultan engañosas, ya que en la muerte y en el juicio el alma necesitará confiar en algo que sea más real que las ceremonias y los ritos. En estas instancias tan importantes no contarán maridos, familares ni amigos.

 El quebrantamiento del corazón es una obra que realiza Dios y que el hombre siente profundamente. Es un dolor misterioso que se experimenta personalmente, no como una mera formalidad, sino como una profunda y conmovedora obra que el Espíritu Santo realiza en lo íntimo del corazón de cada persona. Este no es un asunto del que meramente debe hablarse y en el que sólo hay que creer, sino es algo que debe ser vivamente sentido por cada uno.

El texto ordena rasgar nuestros corazones, pero éstos, por naturaleza, son duros como el mármol. ¿Cómo, pues podrán ser rasgados? Llevémoslos al Calvario. Con la voz del agonizante Salvador las rocas se partieron. Esa voz aún tiene poder.

Solos ante la Cruz de Cristo. Nada más hace falta y nada menos obtendremos si arrepentidos vamos a Él: la salvación y la vida eterna.

Gloria

 


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La verdadera libertad

“A pregonar libertad a los cautivos” (Lucas 4:18)

Ninguno, excepto Jesús, puede liberar a los cautivos. La verdadera libertad viene solo de Él. Es ésta una libertad justamente otorgada, pues el Hijo, heredero de todas las cosas, tiene derecho a libertar a los hombres. Los santos veneran la justicia de Dios, que ahora les asegura la salvación. Esta libertad fue comprada a un precio elevado. Cristo habló de ella con su poder, pero la compró con su sangre.

Él te hace libre, pero a costa de su prisión; te liberta porque Él llevó tu carga; te pone en libertad porque Él sufrió en tu lugar. Pero, aunque esa libertad la compró a un precio elevado, te la da, sin embargo, gratuitamente. Jesús no pide nada de nosotros como preparación para recibir la libertad. Nos ve sentados en cilicio y ceniza y pide que nos pongamos los bellos atavíos de la libertad. Él nos salva tal como somos, y lo hace todo sin nuestra ayuda y sin nuestros méritos. Cuando Jesús nos pone en libertad, esa libertad está perpetuamente asegurada, ninguna cadena nos atará otra vez. Es suficiente que el Maestro diga: «Cautivo, yo te he libertado», para que yo quede libre para siempre. Satán procurará esclavizarnos, pero si el Señor está a nuestro lado, ¿a quién temeremos? El mundo con sus tentaciones buscará engañarnos, pero el que está por nosotros es más poderoso que los que están contra nosotros. Las maquinaciones de nuestro engañoso corazón nos acosarán, pero el que empezó en nosotros la buena obra, la proseguirá y perfeccionará hasta el fin.

Los enemigos de Dios y los enemigos del hombre pueden reunir sus huestes y venir en contra de nosotros con renovada furia, pero si Dios nos liberta, ¿quién nos puede condenar? El águila que asciende hasta su nido y se remonta hasta las nubes, no es más libre que el alma libertada por Cristo. Si no estamos bajo la ley, libres de su maldición, exhibamos en forma práctica nuestra libertad, sirviendo a Dios con gratitud.

C.H. Spurgeon