El Pan del peregrino

El alimento para vida eterna…


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El rocío vivificante

“Y su favor como el rocío sobre la hierba.” Proverbios 19:12b  David en sus últimas palabras profetizó de Cristo:

“El Dios de Israel ha dicho,
Me habló la Roca de Israel:
Habrá un justo que gobierne entre los hombres,
Que gobierne en el temor de Dios. Será como la luz de la mañana,
Como el resplandor del sol en una mañana sin nubes,
Como la lluvia que hace brotar la hierba de la tierra.” (2º Samuel 23:3 – 4)

“Yo seré a Israel como rocío; él florecerá como lirio, y extenderá sus raíces como el Líbano.” (Oseas 14:5) La escritura está llena de figuras del Señor como el agua viva, único elemento capaz de nutrir la tierra seca y hacer brotar la planta que a su vez se ramificará o multiplicará. “Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.” (Isaías 55: 10-11)

“Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.” (Juan 4:13-14) El Señor es el que me alimenta y nutre mi vida de agua cristalina. Sólo la Palabra de Dios puede hacer germinar fe en el corazón del hombre.

Así como el cuerpo del hombre no puede vivir si agua, su alma está muerta sin Cristo. “Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia habéis sido salvados)” (Efesios 2:4-5) Una vez que recibimos la vida verdadera a traves de la obra de Cristo en la Cruz, cada día nos llega el rocío vivificante de Su palabra. 

Gloria

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Cuando Jesús te encuentra…

Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. (Juan 9:1)

Este hombre había nacido ciego y por lástima alguien le llevaba cada día a mendigar. No vio, y por supuesto no buscó a Jesús, sino que Él se acercó al ciego. Manifestó a sus discípulos que lo que pasaba a este hombre y lo que seguidamente iba a hacer, era para darle la gloria a Dios.

“Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar. Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo.” (Juan 9:2-5)

Seguidamente le sanó de un modo particular: escupió en tierra, hizo lodo y se lo untó al ciego en los ojos. Luego mandó que se lavara en un estanque y volvió viendo. Para el asombro de todos los que le habían visto mendigando y sus vecinos que le conocían: él veía. Algunos ni si quiera lo reconocían, estando seguros de que era ciego y no podían creer que andaba y veía. Entonces le preguntaban cómo había sido.

“Respondió él y dijo: Aquel hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos, y me dijo: Ve al Siloé, y lávate; y fui, y me lavé, y recibí la vista.” (Juan 9:11)

Hasta ahora todo es perfecto, pero cuando actúa Dios, siempre hay oposición. Como esta curación se hizo en el día de Reposo judío, los Fariseos y demás autoridades religiosas entrevistaron  al ex ciego. Y éste dio su testimonio que había sido ciego de nacimiento y que Jesús lo había sanado. Entonces los Fariseos pensaron que este hombre mentía, y que se “había hecho el ciego” para pedir limosna… Decidieron entonces entrevistar a sus padres. Sigue leyendo


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Mi lugar de refugio

“Refugio contra el vengador de la sangre”. Josué 20:3

 

Se dice que en la tierra de Canaán las ciudades de refugio estaban distribuidas de tal forma que cualquier persona podía llegar a algunas de ellas a lo sumo, en medio día . Así también la Palabra de nuestra salvación está cerca de nosotros. Jesús es un Salvador presente, y el camino que conduce a él es corto. Ese camino no es sólo una renuncia de nuestros méritos y la aceptación de Jesús para que sea nuestro todo en todo.

En cuanto a los caminos que conducían a la ciudad de refugio, se nos dice que eran rigurosamente preservados; todos los ríos tenían puentes; todo obstáculo era removido, de suerte que el hombre que huía pudiese hallar fácil camino a la ciudad. Una vez por año los ancianos recorrían los caminos y observaban su estado, de modo que nada pudiese impedir la huida de alguno y, por la demora, fuese eso causa de su captura y de su muerte. ¡Con cuánta bondad las promesas del Evangelio remueven del camino las piedras de tropiezo! Doquiera haya atajos y curvas hay letreros indicadores, con esta inscripción: “A la ciudad de refugio”.

Esto es una figura del camino a Jesucristo. Ese camino no es el camino con rodeos de la ley. No es el camino de: “obedece a esto o aquello o lo de más allá”; no, es un camino directo: “Cree y vive”. Es un camino tan tosco que el que confía en su justicia propia no lo puede transitar pero, por otra parte es tan fácil que cualquier pecador que se reconozca como tal, puede hallar en Él su camino al cielo. Dijo Jesús: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí. (Juan 14:6)

No bien el hombre alcanzaba las afueras de la ciudad ya estaba seguro; no era necesario que cruzase las murallas, pues los suburbios mismos eran suficiente protección.

Aprende de esto esta verdad: que si tú te agarras de Él con “fe como un grano de mostaza”, serás sano. “Un poco de genuina gracia nos asegura la muerte de todos nuestros pecados”. No pierdas tiempo, no te demores en el camino porque el vengador de la sangre es ligero de pies; y puede ser que esté pisándote los talones en esta hora tranquila de la noche.

Fuente: LECTURAS VESPERTINAS de Charles Haddon Spurgeon.


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El mejor Maestro

“Pero vosotros no dejéis que os llamen Rabí (maestro); porque uno es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos.” (Mateo 23:8)

Cuántas veces hemos  enseñado a nuestros hijos, o a otros niños, incluso a hermanos en la fe, y rogamos que el Señor nos dé las palabras adecuadas y el poder de Su Espíritu para hacer llegar ese precioso mensaje que queremos transmitir, que trae vida eterna y  bendición. La preparación en institutos bíblicos, seminarios teológicos o cursos de maestros de escuela dominical es adecuada, ya que el mensaje de salvación no está en contraposición con el estudio serio y responsable, pero es mucho más.

Tenemos el ejemplo supremo en el Maestro de los maestros: Jesucristo. Él enseñó a sus discípulos durante tres años y a pesar de tener la capacidad de hablar palabras sublimes, pues era Dios, lo hizo a traves de parábolas, ejemplos y otras figuras dialécticas, para ser mejor comprendido por sus seguidores. Tomó tiempo para explicar los misterios del Reino de Dios por grupos pequeños, también habló a las multitudes y de forma personal como a la mujer Samaritana.

Por sobre todas las cosas, habló la verdad porque Él era la Verdad. Habló duramente y con autoridad a los fanáticos religiosos y dulcemente a sus “hijitos”. Habló fraternalmente a la familia de Lázaro y con misericordia hacia la mujer sorprendida en adulterio a quien estaban a punto de lapidar.

En el domingo de resurrección, le vemos dar una lección magistral a dos discípulos que se dirigían a Emaús, tristes porque pensaban que Jesús era el Cristo y le habían crucificado. Jesús se les unió en el camino y les habló.

“Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.” (Lucas 24:27)

El Maestro desplegando su mejor pedagogía escogió Su Palabra. No les consoló con palabras humanas de ánimo sino que usó única y exclusivamente la palabra de Dios.  Aprendamos esto de ÉL cuando hablamos del evangelio, que la Biblia sea protagonista en nuestro discurso, porque Ella tiene poder de transformar vidas.

Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones; entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.” (2 Pedro 1:19-21)

Hablemos como Jesús con gracia, con verdad, con amor, con misericordia, honesta y directamente y sobre todo usando la Palabra de Dios. Porque la Palabra de Dios es Cristo mismo: ” En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.” (El Verbo es la Palabra) Juan 1:1

Gloria