El Pan del peregrino

El alimento para vida eterna…

Rey y mendigo

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No voy a referirme al cuento clásico de Mark Twain “Príncipe y mendigo”, sino a un Rey que poseyéndolo todo, no tenía reparos en mendigar lo que más valoraba y temía perder.

El Rey David es para mí el hombre más completo que nos muestra la Escritura. Pastor en su niñez y juventud, sabía moverse por los escarpados paisajes de Palestina. Valeroso a la hora de enfrentarse con enemigos de sus ovejas como: leones, osos y las inclemencias climáticas.  Acostumbrado a la soledad y al silencio del campo desarrolló un espíritu meditativo, que sumado al don dado por Dios para la composición e interpretación de instrumentos de música, le hizo el salmista más prolífico de la Biblia.

Hombre de guerra como ninguno, valiente y confiado en su Señor para enfrentar tanto gigantes como ejércitos enemigos. Era “Rubio y de hermoso parecer”, así que vemos que David era agraciado tanto por fuera como por dentro.

Dios mismo declara de él: “He hallado a David hijo de Isaí, varón conforme a mi corazón, quien hará todo lo que yo quiero.”(Hechos 13:22)

Un Rey así, rico, poderoso, atractivo, exitoso en todo. ¿Qué podía necesitar?, ¿Qué podía temer perder, si aparentemente todo le salía bien? Lo que más le horrorizaba era perder la comunión con Dios. Esa comunión que mantenía en sus largas horas de pastor de ovejas. Esa comunión que le hacía fuerte en batalla, que le consolaba ante el desprecio del Rey Saúl, o el odio de su propio hijo Absalón. Su corazón anhelaba a Dios, como sus pulmones al aire para respirar.

MendigoPero el Rey David era pecador como todo el género humano. Se fue enredando en sus asuntos y tuvo en poco la Palabra de Dios, como le reclamó el profeta Samuel cuando se acostó con Betsabé cometiendo adulterio y mandó matar a su marido. “¿Por qué, pues, tuviste en poco la palabra de Yahveh, haciendo lo malo delante de sus ojos? A Urías heteo heriste a espada, y tomaste por mujer a su mujer, y a él lo mataste con la espada de los hijos de Amón.” (2 Samuel 12:9)

Ante esta amonestación, David escribió el Salmo más amargo de su vida. En el Salmo 51 vemos al Rey mendigo suplicando misericordia a Dios, arrepentido, reconociendo y confesando su pecado, y exaltando la Justicia y misericordia de Dios. “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.”

Vemos en David a la paradoja del Evangelio. Alguien que teniéndolo todo, consideraba que no tenía nada si estaba mal delante de Dios. Ruega en el salmo: No me eches de delante de ti, Y no quites de mí tu santo Espíritu” La Biblia dice que “No hay justo ni aún uno” y que “la paga del pecado es la muerte”. Así que todos estamos, por naturaleza enemistados con Dios, necesitamos la obra de Cristo en la Cruz para volver a tener la comunión con el Padre.

Aprendamos de David a mendigar el favor de Dios. A un corazón que está humillado y reconoce su condición de pecador y la necesidad imperiosa del perdón, Dios no le rechaza sino que le reviste de la preciosa sangre del Señor Jesucristo para justificarle.

Gloria Abad

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Autor: elpandelperegrino

Me gusta la imagen del peregrino, porque significa estar de paso... A pesar de tener dos nacionalidades, mi ciudadanía verdadera no está en este mundo. En mi caminar diario, me alimento del Pan que nunca se caduca, el Pan para Vida eterna. "Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás." (Juan 6:35)

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