El Pan del peregrino

El alimento para vida eterna…

La única forma de ahorrar tiempo

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John S. C. Abbott

Sé que algunas madres dicen que no tienen tiempo para prestar tanta atención a sus hijos. Pero el hecho es que, para cuidar de una familia ordenada, no hace falta ni un tercio del tiempo que hace falta para cuidar de una familia desordenada. Ser fiel en el gobierno de tu familia es la única forma de ahorrar tiempo.

¿Puedes permitirte el lujo de estar distraída y acosada por la desobediencia continua de tus hijos? ¿Estás dispuesta a perder el tiempo desviando tu atención a cada momento de las tareas que tienes entre manos por culpa de las travesuras de tus obstinados hijos?

Imagínate una madre rodeada de varios hijos que tienen el hábito de hacer lo que quieren. Está muy ocupada, supongo, con algunas prendas de vestir que es importante terminar inmediatamente. A cada momento se ve obligada a levantar la vista de su trabajo para ver qué están haciendo los niños. Samuel se está subiendo a la mesa. Jane está quitando los morillos1. Juan está galopando por la habitación sentado sobre las tenacillas. La madre, casi ensordecida por el ruido, se pregunta por qué sus hijos son tan problemáticos comparados con los de los demás.

–Jane, deja en paz esos morillos–exclama.

Jane sale corriendo un momento, persigue a Juan alrededor de la habitación y vuelve a su travesura.

–Juan, cuelga esas tenacillas.

Juan no hace el menor caso a la orden de su madre.

Ella, al ver cómo está destrozando la alfombra y machacando los muebles, se levanta enseguida, le da una bofetada a Juan y coloca las tenacillas otra vez en su sitio; pero, para cuando se ha acomodado en su asiento y ha vuelto a su trabajo, Juan ya está sentado a horcajadas sobre la pala, trotando a toda velocidad.

No hace falta que siga describiendo este cuadro; pero todo el mundo sabe que no estoy exagerando. Estas escenas son muy habituales. Miles de espíritus inmortales se crían en medio de este tumulto, esta anarquía y este ruido, y eso les marca para toda la vida en este mundo y en el venidero. Ahora bien, esta madre te dirá que no tiene tiempo para poner a sus hijos en sujeción. Mientras que, si hubiera sido fiel con cada uno de sus hijos, se habría ahorrado una inmensa cantidad de tiempo y de trabajo.

Supongamos ahora el caso de otra madre que tiene que hacer el mismo trabajo. Ha enseñado a sus hijos una obediencia instantánea y sin rechistar. Da unos bloques a tres de ellos en un rincón de la habitación y les dice que pueden jugar a “construir casas”, pero que no deben hacer mucho ruido ni interrumpirla, porque quiere trabajar. Deja a los otros tres en otro rincón, con sus pizarras, y les dice que pueden jugar a “hacer dibujos”.

Los niños, acostumbrados a estos arreglos tan ordenados, se entretienen solos muy tranquilos y muy contentos durante quizá unos tres cuartos de hora. La madre hace su trabajo sin interrupciones. En alguna ocasión levanta la vista y dice una palabra de aliento a sus hijos, fijándose unas veces en los pequeños arquitectos de una esquina, y otras veces echando una ojeada a los dibujos de las pizarras; así demuestra a los niños que los comprende y que se interesa por sus diversiones. Los niños están encantados y son felices. La madre trabaja tranquila.

No les deja continuar con sus entretenimientos hasta que se cansan de ellos. Después de que han jugado tal vez unos tres cuartos de hora, dice:

–Vamos, niños, ya habéis jugado bastante; ahora hay que recoger todos los bloques y ponerlos en el cajón.

–Oh, mamá–dice María–, déjame jugar un rato más, que ya tengo mi casa casi acabada.

–Bueno, puedes terminarla–dice la madre, juiciosa y amable–, pero avísame en cuanto esté acabada.

Unos pocos minutos más tarde, María dice:

–Ya, mamá. ¡Mira qué casa más grande he construido!

La madre la mira y agrega una palabra agradable de aliento, y luego les pide que pongan todos los bloques en su sitio. Les dice a los niños de las pizarras que las cuelguen y que guarden los lápices, para que, al día siguiente, cuando necesiten las pizarras y los bloques, no haya que perder tiempo buscándolos.

Ahora bien, ¿qué madre tiene más tiempo? ¿Y qué madre pasa el tiempo de un modo más feliz? ¿Y qué madre obtendrá más consuelo gracias al carácter futuro de sus hijos y a su cariño?

Tal vez alguien dirá que este cuadro es muy bonito, ¿pero dónde hay que mirar para verlo en la realidad? De hecho, hay que lamentar que tales escenas sucedan con tan poca frecuencia; pero eso no significa ni mucho menos que no sucedan nunca. Hay muchas familias como esta, con madres felices e hijos cariñosos. Y estas familias no se limitan al ámbito de los ricos y los eruditos.

No hace falta tener fortunas, ni muchos estudios, para criar una familia así. El principio del gobierno es simple y claro. Es empezar a imponer la obediencia a cada mandato. Es establecer el principio de que la palabra de una madre no debe pasarse por alto. Toda madre juiciosa, de hecho, tratará de satisfacer los deseos de sus hijos dentro de lo razonable. Procurará hacerlos felices; pero nunca les permitirá complacerse en oposición a los deseos de su madre.

Para ilustrar esto, hablemos de los niños que jugaban con los bloques. La madre les dice que los guarden. María pide permiso para jugar unos momentos más, hasta que acabe su casita. La madre, deseosa de hacer felices a sus hijos dentro de sus posibilidades, le concede este deseo razonable. Aquí tenemos un gesto indulgente, pero juicioso.

Sin embargo, supongamos ahora que los niños siguieran jugando sin hacer caso del mandato de su madre. Tal vez pretenden continuar con su diversión solo hasta que completen la torre que están haciendo. Esto es un acto de desobediencia directa. Los niños están guiándose por sus propias inclinaciones en lugar de conducirse según las órdenes de su madre. Una madre juiciosa no consentirá que un hecho como este pase inadvertido ni que quede impune. Puede que piense, quizá, considerando las circunstancias del caso, que lo único que hace falta es una reprimenda seria. Pero no dejará de aprovechar la ocasión para imbuir en sus mentes una lección de obediencia.

¿Te parece que si la madre no deja de fijarse en estas pequeñeces va a estar viendo faltas continuamente? Pero no es ninguna pequeñez que un niño desobedezca las órdenes de su madre. Este solo acto de hacer caso omiso a la autoridad allana el camino para otros actos similares. Es el comienzo del mal lo que hay que resistir. Debemos refrenar los primeros atisbos de insubordinación.

Sin duda, hay casos de faltas intrascendentes que una madre sabia juzgará correcto pasar por alto. Los niños serán irreflexivos y harán cosas sin querer. En ocasiones se desviarán de lo que es estrictamente correcto, sin tener ninguna intención real de hacer mal.

En estos casos el buen juicio es indispensable a la hora de decidir qué cosas hay que dejar pasar; pero, en mi opinión, podemos estar seguros de que la desobediencia directa y manifiesta no debe, bajo ninguna circunstancia, clasificarse entre las faltas intrascendentes. Comerse una manzana desterró a nuestros primeros padres del Paraíso. La atrocidad de la ofensa consistió en su desobediencia al mandato divino.

Ahora bien, toda madre tiene el poder de conseguir la pronta obediencia de sus hijos si comienza a trabajar con ellos cuando son pequeños. En esa etapa están totalmente en sus manos. Todas sus diversiones están a su disposición. Dios le ha dado, pues, todo el poder que necesita para gobernarlos y guiarlos según le plazca.

He tratado de demostrar con los ejemplos anteriores que el principio fundamental para el gobierno de los hijos es que, cuando des una orden, obligues invariablemente a tus hijos a obedecerla. Y Dios ha concedido a todas las madres el poder para hacerlo. Ha puesto en tus manos a un bebé indefenso, que depende de ti por entero, de modo que, si te desobedece, lo único que tienes que hacer es cerrar sus fuentes de diversión, o infligirle dolor corporal, de forma tan firme e invariable que la desobediencia y el sufrimiento queden indisolublemente conectados en la mente del niño. ¿Qué más poder puede pedir una madre aparte del que Dios ya le ha dado? Y si no utilizamos esta capacidad con los propósitos para los cuales nos la otorgó, la falta es nuestra, y sobre nosotros y sobre nuestros hijos recaerán las consecuencias.

El ejercicio de la disciplina muchas veces tendrá que ser doloroso, pero, si no cumples con tu deber, te expones a toda esa triste serie de maldiciones que los hijos desobedientes dejan tras de sí. Si no puedes hacer acopio de la resolución suficiente para privar a tus hijos de su diversión y para infligir dolor cuando sea necesario, entonces tendrás que darte cuenta de que te mereces que se te parta el corazón y que vivas una vejez llena de tristeza. Y, cuando mires a tus disolutos hijos y a tus hijas ingratas, tendrás que recordar que hubo un tiempo en que podrías haber refrenado sus malos impulsos.

Si amas la tranquilidad momentánea más que el bienestar de tus hijos y más que tu propia felicidad permanente, no puedes murmurar de la suerte que has escogido libremente. Y cuando te encuentres con tus hijos ante el tribunal de Dios y ellos te señalen con el dedo y digan: “Fue tu negligencia en el cumplimiento de tu deber lo que nos ha privado del cielo y nos ha consignado a una maldición inacabable”, sentirás lo que ninguna lengua puede expresar.

¡Ay! Es terrible para una madre jugar con el deber. Los destinos eternos de tus hijos están encomendados a tu cuidado. La influencia que ahora ejerces sobre ellos permanecerá aun después de la muerte y del Juicio, y se extenderá a través de esas edades que no tienen fin.

Nota

1. Los morillos son “cada uno de los caballetes de hierro que se ponen en el hogar para sustentar la leña” (Diccionario de la Real Academia Española).

Reservados todos los derechos ©2010

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Autor: elpandelperegrino

Me gusta la imagen del peregrino, porque significa estar de paso... A pesar de tener dos nacionalidades, mi ciudadanía verdadera no está en este mundo. En mi caminar diario, me alimento del Pan que nunca se caduca, el Pan para Vida eterna. "Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás." (Juan 6:35)

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