El Pan del peregrino

El alimento para vida eterna…


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El arrepentimiento sincero es continuo

El dolor que es según Dios, produce arrepentimiento. (2 Corintios 7:10)

El dolor genuino y espiritual por el pecado es obra del Espíritu de Dios. El arrepentimiento es una flor muy delicada para que pueda crecer en el jardín natural. Las perlas se forman naturalmente en las ostras, pero el arrepentimiento nunca se manifiesta en los pecadores, a menos que la gracia divina lo obre en ellos. Si tienes una partícula de sincero odio al pecado, es porque Dios te lo ha dado, pues los abrojos de la naturaleza humana nunca producen un solo higo. «Lo que es nacido de la carne, carne es.» El verdadero arrepentimiento alude claramente al Salvador. Cuando nos arrepentimos hemos de fijar un ojo sobre el pecado y el otro sobre la cruz, o quizás sea mejor fijar los dos sobre Cristo y ver nuestras transgresiones solamente a la luz de su amor.

El dolor por el pecado es eminentemente práctico. Ningún hombre puede decir que odia el pecado si vive en él. El arrepentimiento nos hace ver el mal del pecado, no solo teóricamente, sino experimentalmente, así como un niño que se ha quemado teme al fuego. Nosotros temeremos al pecado en la misma forma en que un hombre, recientemente asaltado y despojado, teme al ladrón; y lo esquivaremos no sólo en las cosas grandes, sino también en las pequeñas, así como los hombres esquivan tanto las víboras pequeñas como las grandes serpientes.

El sincero dolor por el pecado nos hará celosos de nuestras lenguas para que no digamos malas palabras. Vigilaremos con diligencia nuestras acciones diarias para no ofender en nada, y cada noche cerraremos el día con una sentida confesión de nuestras faltas, y cada mañana nos despertaremos con ansiosas oraciones a fin de que Dios nos sostenga ese día para no pecar contra Él.

El arrepentimiento sincero es continuo.

C.H. Spurgeon. Lecturas Matutinas


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La justicia social no adulterada

He crecido escuchando debates acerca de la justicia social. Los medios de comunicación crean la opinión pública y a pesar de usar la palabra justicia, las decisiones sociales  no aparentan ser muy justas. ¿Quién define las necesidades de un colectivo?, ¿con qué parámetros se mide el poder adquisitivo o el estatus de una persona?, ¿quién dice quién es pobre y quién no?, ¿no varía de un extremo del orbe al otro, y de una época a otra?, ¿qué se entiende por necesitado?, ¿no varía la perspectiva de justicia social entre una ideología política a otra?

Con todos estos factores cambiantes, ¿no es una quimera esperar justicia social en el mundo? Cualquiera que observe la humanidad se dará cuenta que va a peor, que cada vez hay más injusticia y más diferencias sociales. No esperemos justicia, paz ni gozo duradero en esta tierra donde todo está corrompido y adulterado.

Cuando se habla de Jesús, la confusión de algunos es manifiesta. Piensan (como los judíos de su época) que Jesús vino para establecer un reino de justicia en la tierra. Hay quienes lo consideran un revolucionario que vino a predicar la igualdad en materia económica, pero  Jesús no lideraba un proyecto de justicia social, dando comida y rechazando a los fariseos por ser ricos… Pensar así es no conocer a Jesús, o haberse hecho una imagen de Él adaptada a los gustos de una sociedad caída y pecadora.

En todas las escrituras, cuando se refiere al pobre y necesitado, lo hace en términos de pobreza de espíritu y necesidad espiritual.

“Todo esto lo hizo mi mano, y así todas estas cosas llegaron a ser, declara el Señor. Pero a éste miraré: al que es humilde y contrito de espíritu, y que tiembla ante mi palabra.” (Isaías 66:2)

“Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos.” (Mateo 5:3)

“Cercano está el Señor a los quebrantados de corazón, y salva a los abatidos de espíritu.”(Salmos 34:18)

“Levanta del polvo al pobre, del muladar levanta al necesitado para hacerlos sentar con los príncipes, y heredar un sitio de honor; pues las columnas de la tierra son del Señory sobre ellas ha colocado el mundo.” (1ºSamuel 2:8) 

“Tendrá compasión del pobre y del necesitado, y la vida de los necesitados salvará.” (Salmos 72:13)

“Yo sé que el Señor tomará a su cargo la causa del afligido, y el derecho de los necesitados.” (Salmos 140:12)

Jesús vino a este mundo a revelar el reino de Dios, que es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo, y lo hizo a través de la muerte sustitutoria en la Cruz del Calvario. “Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él.” (2º Corintios 5:21) Dios descargó toda su ira (la que nosotros merecíamos) sobre Cristo aunque Él nunca pecó, y logró así justicia verdadera para los que reconocen su pobreza y necesidad espiritual. .

De esta forma, la verdadera justicia social la hizo Cristo, considerando por igual a hombres, mujeres, ocupaciones o bolsillos. Todos somos igual de pecadores y por lo tanto pobres y necesitados. La diferencia está en reconocerlo o no. En el cielo no valdrá la cuenta del banco o la miseria padecida en esta tierra. Dios sólo tendrá en cuenta la obra de Cristo en la Cruz, sólo su justicia y no la nuestra.

Gloria

 

 

 


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¿Seré yo?

¡Cuánto cuesta mirar a uno mismo cuando se trata de culpa! Como dice un dicho popular: ¡qué tendrá la culpa que nadie la quiere! La mayoría de las veces miramos a nuestro alrededor buscando alguien a quien endilgarle lo que nos pasa y encontramos muchas excusas para justificarnos: “Hice esto porque me viene de familia, o aquello porque soy un producto de la sociedad de hoy…”

El ejemplo más claro lo vemos todos los días: la queja contra los políticos y gobernantes de turno. “si tuviéramos unos políticos honrados, esto no pasaría”, “la culpa la tiene el gobierno anterior con su corrupción”, “es que los que están arriba no hacen lo que es debido”, etc. No hay país que se salve de este tipo de comentarios. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocer nuestros errores, en definitiva, nuestro pecado? ¿Por qué pensamos que nosotros , en su lugar lo haríamos mejor? La respuesta es simple. Es parte de nuestra naturaleza caída, pero esta tampoco debe ser una excusa. La culpa pasó de ser impuesta a ser olvidada, la gente no quiere hablar de culpa, pero existe una responsabilidad ante Dios sobre nuestro pecado. Hay una condenación sobre nuestras cabezas como pende la piedra de la foto de este post, que el hombre pretende cubrir con el paraguas. La Biblia declara que todos somos pecadores y destinados a la condenación eterna,  pero Dios por amor y misericordia mandó a su único hijo Jesús, que siendo Dios, se humilló al venir a este mundo y ponerse en nuestra misma condición. Él ocupó el lugar que nos correspondía, cargando con el pecado en la Cruz.

En el siguiente relato de la última cena, llama la atención la respuesta de los discípulos, cuando Jesús les indagó quién le entregaría:

“Y cuando se sentaron a la mesa, mientras comían, dijo Jesús: De cierto os digo que uno de vosotros, que come conmigo, me va a entregar. Entonces ellos comenzaron a entristecerse, y a decirle uno por uno: ¿Seré yo? Y el otro: ¿Seré yo?”  (Marcos 14:18-19)

Nosotros seguramente hubiéramos pensado: ¿será él?, ¿será aquél otro? No hubiéramos pensado que nosotros podríamos ser los culpables.

La Biblia dice que hay alguien que es pecador y que se tiene que arrepentir de haber dado la espalda a Dios toda su vida, de haber creído que podía vivir independiente de Dios. No mires para otro lado sino pregunta: ¿seré yo?

Gloria

 


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Trae tus hijos a Jesús (tengan la edad que tengan)

“…Traédmelo” (Marcos 9:19) *

Con desesperación, el decepcionado padre se volvió de los discípulos al Maestro. Su hijo estaba en la peor condición posible, y todos los medios habían fracasado, pero el pobre niño fue pronto librado del maligno, cuando el padre obedeció, con fe, el pedido de Jesús: “Traédmelo”.

Los hijos son dones preciosos de Dios, pero nos producen ansiedades. Pueden ser motivo de gran gozo, o de gran amargura, para sus padres; pueden estar llenos del Espíritu de Dios o dominados por un espíritu malo. En todos los casos, la Palabra de Dios nos da una receta para la cura de todos los males: “Traédmelo”.

¡Dios nos enseñe a elevar oraciones más agonizantes en favor de nuestros hijos mientras son pequeños! El pecado está en ellos, empecemos a atacarlo con oración. El clamor en favor de nuestros vástagos debiera preceder a los lamentos que anuncian su venida a este mundo de pecado.
En los días de su juventud veremos tristes señales de aquel espíritu mudo y sordo, que ni orará rectamente,ni oirá la voz de Dios al alma, pero aún en ese caso Jesús nos manda: “Traédmelo”.

Cuando sean adultos, quizás se revuelquen en el pecado, y echen espumarajos de enemistad contra Dios; entonces, cuando nuestros corazones estén quebrantados, recordemos la palabra del Médico: “Traédmelo”. No debemos cesar de orar hasta que dejen de respirar. Ningún caso es irremediable mientras viva Jesús.

El Señor permite a veces que los suyos sean expuestos en un callejón sin salida para que conozcan por experiencia cuánto le necesitan. Lo hijos impíos, al mostrarnos nuestra impotencia contra la depravación de sus corazones, nos obligan a ir al Fuerte para adquirir fuerzas, siendo de gran bendición. Que la necesidad que experimentamos hoy, nos lleve, cual fuerte corriente, al océano del amor divino. Jesús quitará pronto nuestra aflicción, y Él nos confortará.

C. H. Spurgeon. Lecturas Matutinas. Septiembre 17. Editorial CLIE.

*Para una comprensión cabal del contexto, se recomienda leer: Marcos 9:14 al 29